Bosque de Gas 8
Templo de Cristo Coronado
Hoy por fín he vuelto a la vida.
Cuando leas todas estas cartas, si lo haces de corrido, serán para tí como un único relato de mi aventura en la selva salvando a los salvajes. Sin embargo no es así. Aunque intento ilustrar en ellas los sucesos y reflexiones más importantes a mi juicio de mi vida aquí en realidad entre una y otra hay abismos enteros. Abismos de aburrimiento y soledad cuando no de auténtico horror que no caben en el papel. Tú, por ejemplo, no has tenido tiempo a temer por mi vida desde que acabaste la anterior hasta que comenzaste esta. Pero durante tres días he estado muerto.
Bueno, quizás exagero un poco, pero sí he visitado todos los infiernos. Según Franz he padecido una fiebre tropical, la fiebre del misionero, la llamó, habitual para los que no estamos habituados a este medio tan hostil. Que he superado mi bautismo, dice. Yo sé que es mentira, que pretende con esas palabras evadir su responsabilidad, pero me cuido mucho de acusarle. No va a ser el único capaz de fingir.
El caso es que he pasado la última semana postrado, cubierto con apestosas pieles de mono sin curtir que me protegían del frío más intenso que he sentido en toda mi vida. Más que aquel invierno en León, cuando todo se empezó a estropear. ¿Lo recuerdas?
He tenido temblores, cólicos, vómito negro, incontinencia, ahogos y un dolor de cabeza especialmente intenso, como si una pica de acero al rojo vivo me atravesara el cráneo de sien a sien. Y con todo eso no ha sido lo peor. Lo peor fueron los sueños, los delirios. Por fortuna apenas guardo recuerdos de estos, pero me dejaron en una situación de espanto contínuo.
Te sorprenderá saber que si a alguien debo la restauración de mi salud es a la Yacumama. Ella ha pasado todo el tiempo a mi lado, velando mis alucinaciones. Ha rezado a sus dioses, me ha preparado tisanas curativas con la pulpa de lianas que ha recogido con su propia mano, ha masticado por mí cuando no he sido capaz de hacerlo, me ha insuflado su aire en los pulmones cuando he dejado de respirar. Creo sinceramente que yo no estaría vivo ahora de no ser por ella. Estoy tan agradecido que ahora me arrepiento de las horribles cosas que he dicho y pensado de la Yacumama hasta ahora. Y de haber traicionado su confianza.
El Bosque de Gas. Hemos estado allí, a pesar de que nos lo había prohibido. Ojalá le hubiera hecho caso.
Fue la semana pasada. La Yacumama salió de la aldea acompañada de algunas de sus hijas para comenzar la preparación de la Ceremonia del Hombre Nuevo, sea lo que sea eso. Aquella noche había luna llena aquí, en el Ecuador (¿la luna llena es en todo el mundo a la vez? Creo que sí). Sabíamos que no iba a estar cerca por Dámaris, que la acompañaría, así que Franz quiso aprovechar su ausencia para ver con sus propios ojos Vatiri. Yo seguía en profundo desacuerdo con esa idea pero hasta que descubra las verdaderas intenciones del alemán (o lo que demonios sea) prefiero seguirle la corriente. ¿Ya te dije que esconde una pistola?
En realidad no sabíamos exactamente dónde buscar. Al sur, de acuerdo, pero es que la selva es muy grande, inmensa, y sus caminos son retorcidos. Movido también un poco por la curiosidad, para qué negarlo, pedí ayuda al único de los varayos en los que confío, el indio Juanito, que me entendió, como siempre. Me gustaría tanto que lo conocieras. Es más listo. Hasta se ha memorizado fonéticamente un par de himnos y los canta en el templo, sin entenderlos. Quiero pensar que así habría sido nuestro hijo si no lo hubieras asesinado.
Salimos pronto con la intención de regresar a la aldea antes de la caída de la tarde. Conseguimos salir los tres, Franz, yo y el niño, sin que nadie se percatara de nuestra ausencia. Eso es lo bueno de que los varayos no nos tengan en cuenta, que tampoco se preocupan de lo que hacemos o dejamos de hacer. Es la ventaja de ser invisibles.
Llegamos al lugar antes de lo esperado. A lo mejor no está tan cerca como me pareció entonces pero ya me he empezado a acostumbrar a caminar por la jungla y no me canso tanto como cuando llegué.
Al principio no me pareció nada especial. Los mismos árboles, el mismo manto vegetal en el suelo, los mismos ruidos. Si acaso había más luz, pero no tanta como para llamar mi atención. ¿Habíamos llegado al sitio correcto? ¿Podría ser que Juanito se hubiera extraviado o que en realidad no me hubiera comprendido? ¿O es que el Bosque de Gas no era más que un cuento?
Reconocí entonces a mi lado, tallada en la corteza de un ceibo inmenso, una inscripción. Era un corazón grabado con torpeza, más redondeado por su parte izquierda que por la derecha. Lo identifiqué de inmediato porque lo había hecho yo mismo cuando tenía quince años solo que no ahí, en un árbol perdido en la inmensidad del amazonas, sino en un álamo que crecía en un descampado del barrio de Tetuán, muy cerca de la casa donde nací. Recuerdo que utilicé la punta de un destornillador plano que le cogí a mi tío Carlos sin que se diera cuenta y que cada tarde, al volver del instituto, me pasaba para verlo. En realidad estaba medio escondido, tapado por las ramas de un seto, porque me daba vergüenza que alguien reconociera los nombres. Este estaba a la vista y era en todo igual con una pequeña diferencia. Encima del corazón en lugar de estar mi nombre aparecía el de Rodrigo.
Otra vez él. Siempre él. Tu Rodrigo. Nuestro Rodrigo.
Una rabia incontrolable se apoderó de mí. Ese malnacido se estaba burlando otra vez. Quise agarrar el tronco, sacudirlo con todas mis fuerzas y arrancarlo con raíz y todo pero fue imposible. Se deshizo entre mis brazos como si fuera ceniza. Perplejo miré a mi alrededor. Toda la selva se desvanecía de la misma forma. El bosque entero era una ilusión, un fantasma de niebla y luz. Desapareció y en su lugar quedó un claro inerte donde sólo crecían pequeños matorrales, cargados de espinas y de unas orquídeas muy pequeñas de color negro.
Franz lanzó un grito. Señalaba a lo lejos y decía ver los muros de Vatiri. Seguí su índice pero no vi nada.
No recuerdo mucho más. Sé que se levantó un extraño viento y se entremezclaron los colores. Supongo que me desvanecí y ya no desperté hasta varios días después, gracias a los cuidados de la Yacumama. Parece ser que soñé, que soñé mucho. En algún momento tuve que recuperar la consciencia y me puse a escribir aquello que soñaba. No recuerdo haberlo hecho. Ahora he leído la cuartilla que emborroné en mi delirio y compruebo que sólo eran tonterías propias de una mente enferma. La destruí porque me daba miedo.
Sigo teniendo miedo. No sé dónde estoy. No tengo muy claro quién soy. No sé qué quieren los que están a mi lado. Por favor, perdóname. Ven a salvarme.
Ángel
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