La Virgen del Chorrillo
Durante casi un año la Virgen se estuvo apareciendo semanalmente en San Cristóbal de Tumbalobos. No lo hizo en un altar de la parroquia, o en la ermita de la Loma Alta, o en la Misión Cristiana de la Colonia Rumiñahui, que pese a ser evangélicos habrían recibido de buen talante a un miembro de la Sagrada Familia. Tampoco se presentó en un claro del olivar o sobre el tocón de una encina, como sería su costumbre, principalmente porque en el valle de los Llanganatis no hay olivares ni encinas ni más bosques que los chaparrales que crecen en la orilla sur del Curaray. En su lugar la madre de Cristo tuvo a bien bajar de los Cielos en casa del cojo Ramírez, el tonelero, en la calle del Chorrillo.
La primera vez que se apareció fue anunciada por una reata de angelitos que tocaron una fanfarria y emitieron un espectáculo de luces de colores en el techo de la cocina. El cojo Ramírez, al que habían despertado de la siesta, bajó refunfuñando de su alcoba y se encontró a la Virgen flotando a un palmo del piso, sentada en un trono de nubes doradas.
—Hijo mío, soy la Vírgen del Carmen y vengo hoy aquí para entregarte un mensaje que debes compartir con toda la Cristiandad.
El cojo Ramírez le contestó, hosco, que, por favor, dejara de hacer ruido, que se levantaba muy temprano en la mañana, y que cuando se marchara dejase todo tan ordenado como se lo había encontrado. Luego se volvió a acostar.
La Virgen no se rindió ante este desencuentro y todos los días martes siguió apareciéndose, con puntualidad suiza, desde las dos y treintaicinco hasta las cuatro menos diez de la tarde. Sólo faltó el dieciséis de julio porque era su fiesta y tenía que atender otros asuntos, por lo que esa semana adelantó su visita al lunes. Eso sí, tras la bronca del dueño de la casa ya se presentaba en silencio absoluto.
Pronto se corrió la voz del milagro y merodearon algunos curiosos, sobre todo chiquillos que se asomaban a la ventana para verla pero echaban a correr calle abajo en cuanto ella les devolvía la mirada. Una vez se encontró a Serafín Pichote, al que no habían avisado de las apariciones y que estaba esperando a que el cojo Ramírez se levantara de la siesta para dejar un barrilico que tenía descompuesto. En cuanto la Virgen se sentó al otro lado de la mesa Pichote clavó la vista en el piso y no se inmutó, por más que ella carraspeara o hiciera ruiditos con los dedos en las tablas para llamar su atención. Al cabo de un rato Serafín Pichote, incómodo, murmuró “con permiso” y se retiró al taller para aguardar allí al tonelero.
Tampoco cejó en su empeño de ganarse el favor del viudo Ramírez. Se ofreció a curarle de su cojera pero éste rechazó la oferta con un gruñido. En otra ocasión se enteró de que un lobo se había colado por la noche en su corral y había destripado al chancho que estaba criando allí. La Virgen tomó la iniciativa y, sin consultarlo, lo resucitó. Al día siguiente no encontró al animal en la casa y estaba desmontado el cochiquero. Ya no se atrevió a preguntar.
—Es que nunca me había pasado nada ni medio parecido —se quejaba la Virgen.
El padre Gaspar, del monasterio de Santa Clara, tomó por costumbre bajar cada martes a merendar a la casa del Chorrillo. Compartía una hogaza de pan negro amasada por él mismo, una taza de chocolate caliente y un chorizo oreado de la despensa de los monjes, del que la Virgen sólo aceptaba una tajada porque si comía más le daba vinagrera y no dormía bien por la noche.
—Traigo un mensaje de Fe y Esperanza para toda la humanidad. Pero también una revelación de los tiempos que han de venir. Y nadie lo quiere recibir. No lo entiendo.
El padre Gaspar rebuscó en los armarios del cojo Ramírez hasta que encontró una botella de licor de capulí, cubierta de una espesa capa de grasa y polvo. La destapó y olisqueó su contenido. No le debió parecer mal porque salpicó generosamente su chocolate con él.
—No se los vaya a tener en cuenta. Es que en este pueblo son más devotos de la Virgen de la Nube y a usted la ven como una extraña. Si se hubiera aparecido en la costa sería bien distinto.
—Pero es que eso no puede ser. Ya estoy aquí y debo cumplir con mi Misión. Si ahora me cambio de sitio, así por no más, ¿qué diría la gente?
—Eso también es cierto —admitió el anciano.
—¿Y por qué no me hace usted el favor de escuchar lo que tengo que decir? Podrá ser mi apóstol y me podré regresar para mi casa de una vez.
—No es buena idea, Señora. Vea que soy demasiado viejo y pertenezco al mismo negociado. ¿Quién me creería luego? Además que seguro me olvido de las partes más importantes. Sería un desperdicio.
Con el paso de los meses la situación no mejoró. La Virgen, cansada de que no vinieran los fieles a su presencia, decidió salir a buscarlos. Se la vio recorriendo las callejuelas del barrio de La Alameda, recogiéndose el faldón para no emporcarse los bajos con el barro y las inmundicias que dejaban las bestias. Ya para entonces el pueblo viejo de San Cristóbal estaba casi abandonado. Las sucesivas desgracias de los últimos años así como el cierre forzoso de la mina habían expulsado a familias enteras, que se vieron obligadas a empezar de nuevo en Ambato, Quito o Guayaquil. Los pocos que quedaban, en su mayoría ancianos que no aspiraban más que a ser sepultados en la tierra que los vio nacer, cada vez que se cruzaban con la Enlutada, como la dieron llamando, se santiguaban y giraban el rostro. Por otro lado si era don Luciano Bolaños, maestro jubilado y grandísimo masón, quien se encontraba en su camino, era la Virgen la que se santiguaba y daba la media vuelta o se hacía la distraída para no tener que conversar con él.
Como todas las cosas que pasaban en el país por aquel entonces, aún aquellas de las que nadie quería hablar, el rumor de que la Madre de Dios se estaba apareciendo en un pueblito de la Sierra cuyo nombre ya ni salía en los mapas oficiales, acabó llegando a los oídos del doctor Bengoechea, el director del todopoderoso Instituto Nacional de Seguridad. Se daba el caso de que el doctor, además de ser el hombre más temido de la dictadura, por encima del mismo presidente, era conocido devoto de la Virgen del Carmen, así que no dudó en comprobar con sus propios ojos lo que había de verdad en esas historias. Tras un penoso viaje, en el que tuvo que abandonar el carro oficial en mitad de los Páramos de Jaramillo porque las llantas se hundían en el lodo, y completar la última parte del trayecto montado en una mula, el doctor Bengoechea llegó a San Cristóbal de Tumbalobos. Sus hombres sacaron a patadas al cojo Ramírez, quien no reconocía más autoridad que la de su difunto padre, y lo dejaron botado en la vereda, frente a su propia casa. Así el doctor Bengoechea se pudo acomodar en espera de que llegara el siguiente martes para presenciar el prodigio.
Llegó el día de la última materialización de la Virgen en el pueblo viejo de San Cristóbal. Desde las dos de la tarde el doctor Bengoechea ya estaba preparado para recibir la visión. Previamente se había frotado el pecho con aceite de rosas para oler a ángel. Luego se había vestido con un terno negro de lana que reservaba para las ocasiones especiales y que se le estaba empapuzando de sudor. Por la nuca le resbalaba el betún que se había dado para esconder las canas y, pensando que también era sudor, se lo intentaba secar con un pañuelo de lino que no hacía más que embarrarle peor el pescuezo. Cuando se aproximaba la hora se colgó un escapulario con una imagen del Santo Niño por una cara y de la Virgen del Carmen por la otra y se hincó de rodillas, con las manos juntas y los dedos entrelazados. A las dos y treintaicinco, puntual como siempre, se presentó la Virgen en la cocina del cojo Ramírez, sin el alboroto angelical de la primera vez. Notó que algo era diferente. Se retiró entonces el velo y vio frente a sí la figura del doctor Bengoechea, de rodillas, con la cabeza humillada y llorando por la emoción.
—Madre Santa —balbuceó el doctor, entre hipidos—. Sólo soy el más humilde de tus siervos, un pobre pecador. Pero si me consideras digno para recibir tus palabras dedicaré el resto de mi miserable vida para que se haga tu voluntad y el mundo entero venere tu dulce nombre.
La Virgen tardó un buen rato en reconocerle pero finalmente lo hizo. Retiró la mano que tenía posada sobre la calva del doctor Bengoechea para bendecirlo y torció el morro en una mueca de desagrado.
—Ah, no. A este hijo de puta, no. Sólo faltaba eso.
Y entre nubes violáceas y tañidos de cascabeles la Virgen del Chorrillo ascendió a los Cielos, desarmando el tejado de chapa de la casa del cojo Ramírez, para no regresar más nunca.
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