Proyecto Hail Mary

Proyecto Hail Mary, de Andy Weir: cuando la física se convierte en sentimiento

Portada de la novela de ciencia ficción Proyecto Hail Mary de Andy Weir.

Aunque no soy muy partidario de la clasificación en géneros de las obras literarias —a fin de cuentas, si una novela es buena suele transitar entre varios y resulta injusto etiquetarla con uno solo— he de confesar que siento cierta predilección por la ciencia-ficción. Me gusta especialmente porque me recuerda a lo que decía Borges sobre los westerns: que eran como partidas de ajedrez, con piezas reconocibles pero en manos de un auténtico maestro cada partida es diferente. De la misma forma, la ciencia-ficción construye con pocos y definidos elementos un universo de posibilidades narrativas casi infinitas. Y en ese aparente minimalismo de premisas, el subtexto puede resultar particularmente rico: basta apartar el velo de la trama para comprobar que en realidad se está hablando de problemas muy actuales, desde la angustia de la Guerra Fría que recorre las novelas de Arthur C. Clarke hasta la denuncia del capitalismo salvaje que impregna la obra de Philip K. Dick.

A menudo se habla de una subdivisión dentro del género: la ciencia-ficción blanda, que juega más con la fantasía y la especulación filosófica, y la ciencia-ficción dura, que se apoya en los últimos descubrimientos científicos y los desarrolla para ofrecer una visión del futuro lo más verosímil posible. Aunque soy lector de ambas ramas, personalmente suelo disfrutar más de la primera, porque no necesita dar tantas explicaciones y tiene más libertad para explorar los temas que de verdad le interesan al autor. Prefiero las contradicciones morales de Asimov o la melancolía poética de Bradbury a la fría exposición de datos y teorías de Liu Cixin, por mucho que reconozca su ambición. Y en el eterno dilema entre qué es preferible —una trama sólida o unos personajes bien desarrollados— siempre estaré del lado de los personajes. Sin personajes en los que creer, la trama más ingeniosa no es más que un mecanismo de relojería: admirable, pero frío.

Pero entonces llega Andy Weir y lo dinamita todo.

Porque Proyecto Hail Mary es, sin ninguna duda, ciencia-ficción dura en estado puro: cada elemento de la trama, cada obstáculo con el que se enfrenta el protagonista, está abordado desde la física, la química y la biología con una precisión que desafía al lector a seguir el paso. Y sin embargo, una vez terminas la lectura, lo que te queda no es la ciencia. Te quedas con los personajes.

En la novela sólo hay dos que importen de verdad: el doctor Ryland Grace, experto en biología molecular y astronauta completamente a su pesar, y Rocky, un ingeniero prodigioso con una curiosidad insaciable que aparece en la historia de una manera que prefiero no desvelar. Aparecen otros personajes en los flashbacks del protagonista, pero están deliberadamente poco esbozados; su función es contextualizar la historia, dar sentido a cómo Grace ha llegado hasta donde está. El verdadero peso de la novela recae sobre esos dos. Más de quinientas páginas con dos personajes encerrados en un escenario tan minúsculo como una nave espacial perdida en la inmensidad, y en ningún momento uno desea que llegue más compañía. Todo lo contrario: sabe a poco.

La premisa, hay que reconocerlo, no es especialmente original. Una circunstancia que amenaza la vida en la Tierra, una misión desesperada para resolverla y, al frente de todo, la persona más improbable imaginable. Ya lo hemos leído otras veces. Pero Weir tiene la elegancia de no desvelar sus cartas de golpe. El recurso narrativo de la amnesia del protagonista está muy trillado en el género, es cierto, pero aquí funciona con una eficacia sorprendente: en lugar de ser un truco barato para retener información, se convierte en el motor emocional de la historia, el mecanismo mediante el cual el lector y el protagonista descubren la realidad al mismo tiempo. La revelación progresiva está magistralmente calibrada.

Pero lo más interesante de la obra, lo que la eleva por encima de sus propias ambiciones científicas, es la relación entre Grace y Rocky. Una amistad construida desde cero, a través de barreras que en principio parecen insalvables, y que sin embargo resulta de una calidez y una autenticidad desarmantes. Los diálogos son fantásticos: el humor impregna cada página del libro con una naturalidad que hace que todo entre mejor, que las páginas más densas en ecuaciones y explicaciones se lean como si fueran una conversación entre amigos. Weir sabe exactamente cuándo apretar el ritmo y cuándo dejar respirar a sus personajes.

Tanto peso tiene esa relación que, en el capítulo final, el autor se permite apenas unas breves líneas para contarte el resultado de la misión, casi como un recordatorio educado de que había una amenaza inicial que resolver. Porque llega un momento en la lectura en que el destino de la humanidad pasa a un segundo plano: sólo quieres que los protagonistas estén bien. Las motivaciones son sólidas, el ritmo está muy bien medido, el desenlace es espléndido. Pocas veces he leído una historia de este tipo que apele tan directamente y con tanta honestidad a los buenos sentimientos, sin caer en el sentimentalismo fácil.

Para los amantes del género, esta es una lectura imprescindible que, pese a su extensión, se devora sin darse cuenta. Para quienes no estén habituados a la ciencia-ficción, también es altamente recomendable, porque la historia que cuenta es, en el fondo, completamente universal: habla de lo que significa encontrar un igual, de la generosidad como forma de heroísmo y de lo mucho que caben dos personas en una nave pequeñísima en mitad del espacio.

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