Bosque de Gas 6
Explanada del Templo
¿Has oído alguna vez hablar de la ciudad perdida de Paititi? ¿No? No me extraña. Yo tampoco hasta ahora. ¿Y de El Dorado? Eso sí, supongo. El mítico reino escondido en la selva del Amazonas, cuyas casas, palacios y hasta las calles estaban empedradas con oro. Los mitos de la Conquista de América, como las Siete Ciudades de Cibola o la Fuente de la Eterna Juventud. Fábulas infantiles que les contaban los indios a los conquistadores españoles para despertar su codicia y que se fueran a molestar a otro lado, dejándolos en paz. Pues Franz se las cree todas. No sólo eso, es que además es un erudito en la materia.
Toda esta semana, luego de que le sorprendí en su faceta de mirón, he estado evitándole. Me sentía incómodo con su presencia, por eso y por otra razón que luego te explicaré. Sin embargo él no parece afectado en absoluto. Cuando nos hemos cruzado por la aldea ha actuado con la mayor naturalidad, como si no hubiera pasado nada.
Ayer, sábado, incluso me buscó. Parecía excitado, en el mejor sentido de la palabra. Yo estaba reunido con Dámaris, preparando la misa de hoy, cuando estampó enfrente de nosotros un libro gigantesco de pastas negras, con título en alemán. Entonces nos contó una historia alucinante sobre ciudades perdidas en la selva, Paititi, Acacor y no sé cuántas más. Las Ciudades de los Dioses, las llamó. Y habló del tesoro de los incas y del gran ejército de Atahualpa, que aún acecha bajo tierra, casi quinientos años después. Muchas otras necedades de este tipo contó, para concluir que Vatiri, la ciudad sagrada de los varayos, no era otra que la Paititi de los mitos. Estaba convencido de ello e iba a demostrarlo. En cuanto tuviera la oportunidad se escaparía hasta allí, donde la Yacumama la ubica, y lo comprobaría con sus propios ojos. Esperaba que le acompañáramos en su aventura.
Podría haber replicado muchas cosas: que todo eso era una insensatez, que creer en la historia que nos había contado rayaba en la blasfemia, que la Yacumama nos había prohibido expresamente acercarnos a esas tierras y la desobediencia podía ser castigada con severidad, que nos arriesgamos a perder el favor de los varayos o a encontrarnos con los Pacos…
Todos estos argumentos y alguno más podría haber utilizado para justificar mi negativa a participar en el loco proyecto del hermano Franz. Del antiguo hermano Franz. Pero es que a este ya no le conocía, no sabía quién era en realidad ni que sería capaz de hacer, así que me limité a asentir en silencio.
No sé quién es Franz. Ahora me doy cuenta de que nunca lo he sabido, que me he engañado a mi mismo formando de él una imagen que no corresponde con la realidad. Me pasa siempre, ya lo sabes. No sé juzgar a las personas. Me empeño en creer que son mejores de lo que son. Tomé a Franz como mi tutor, un modelo de virtud, y no lo es. Tras el suceso del río le he empezado a ver con otros ojos y no me gusta lo que veo. Me he dado cuenta de cosas que antes me pasaban desapercibidas. Pequeñas cosas. Gestos. Cómo mira a las mujeres de la aldea, la sonrisa concupiscente que pone al hacerlo. La manera en que se guarda para sí la mejor pieza de carne en las comidas o cuando se termina la reserva de agua pero no va al río a reponerla. Mezquindades, ya ves.
Apenas tiene conocimientos de las Escrituras. ¿Cómo no me di cuenta antes? En sus sermones se limita a leer pasajes completos de un librito de Ellen White que siempre lleva. Da igual si tienen algo que ver o no con la vida de los indios o con el tema de la lectura del Evangelio. Lo lee y ya, no se preocupa de nada más. ¿Qué escribe entonces en su cuaderno? Ni idea, pero sé sobre qué no escribe. Le he puesto pruebas, aún con el riesgo de pecar de soberbia. Le he hecho preguntas sencillas sobre los Textos Sagrados y ha caído en todas las trampas. No tiene más que unas nociones básicas, las mínimas que se le podría exigir a un niño pequeño que va a hacer la Primera Comunión por el rito romano. Insuficientes para un misionero con años de experiencia.
Y luego están las noches en la Casa de las Serpientes…
No quisiera escandalizarte con detalles escabrosos. Ya te he hablado antes de la promiscuidad de los varayos, que no entienden de conceptos como el decoro, el matrimonio, la familia o el pecado. Eso lleva a que cada noche, además de los ruidos propios de la selva, que son ya espantosos de por sí, mi insomnio se vea arrullado por los gemidos lujuriosos de los hombres y mujeres con los que comparto estancia. Por los golpes repetidos de la carne contra la carne. No temas por mí. Los indios me conocen bien y se guardan mucho de hacerme proposiciones de ese tipo.
Pues bien, entre el galimatías lúbrico que cada noche alborota mi sueño he identificado expresiones en perfecto alemán. Palabras en alemán pronunciadas con pasión, como si eso fuera posible. Alguien se lo está pasando muy bien aquí y te aseguro que no soy yo.
Ojalá estuvieras aquí para darme consejo porque estoy muy perdido. Tú casi siempre sabes lo que hay que hacer. ¿Le reclamo? ¿Y si no le da importancia, como pasó el otro día? ¿Y si lo niega? ¿Y si se muestra agresivo?
Cambiando de tema. Por fín se ven avances en la construcción de la iglesia. Hemos levantado el armazón de la cubierta con tablas de madera de guadua, que es muy resistente, y colocado en suelo, con las planchas de abeto que nos envió el hermano MacDonald. En cuanto pongamos techado planeo abandonar la Casa de las Serpientes y trasladarme aquí. Dormiré mejor, eso seguro.
Te dejo de momento, que se me ha ocurrido una idea y voy a ponerla en práctica. Si puedo te escribiré más tarde. Si no, ya te la contaré en una próxima carta.
Ángel
Sabía que algo no iba bien. Sabía que este tipo me ocultaba algo, aunque no me imaginaba que fueran tantas cosas. Ese malnacido me ha engañado. ¡Ni siquiera sé cuál es su verdadero nombre! ¿Franz, el misionero austríaco que lleva media vida acercando la Palabra del Señor a los niños perdidos del Brasil? Mentiroso, desgraciado, malnacido…
Cálmate, Angelito. Respira hondo. No te dejes llevar por la rabia.
Será mejor que te cuente lo que ha pasado esta tarde, a ver si al ponerlo por escrito consigo organizar mis pensamientos de manera racional y decido que hacer. Porque ahora mismo de lo que tengo ganas es de buscarlo y cruzarle la cara. No. No sería una buena idea…
Ya te hablé esta misma mañana del comportamiento impropio que había observado en Franz los últimos días. También te dije que, supuestamente, preparaba sus sermones en un cuaderno grande de anillas, como los que teníamos en el colegio. Antes pasaba horas escribiendo en él por las tardes, en un rincón de la Casa de las Serpientes, pero desde hace unos días ya no escribe, no al menos delante de mí.
Después de escucharle en la misa que hemos dado hoy ante cuatro varayos distraídos (y el pequeño Juanito, que siempre asiste), me ha quedado claro que no prepara nada. Pero nada de nada. Entonces, ¿qué ha estado apuntando tanto tiempo?
Para resolver este misterio he recurrido a Juanito. Este niño es increíble, ojalá le conocieras. No habla nada de español pero entiende cada una de las indicaciones que le doy, como un perrillo bien adiestrado.
Después de comer, como cada tarde, ví que Franz se perdía en la espesura. Pues allá que se fue también Juanito, sin que el alemán se diera cuenta de ello.
Tras su regreso llegó mi turno. Seguí a Juanito hasta más allá de los campos de yuca, a una pequeña cueva cerca de la orilla del Río Lobos. Allí es donde esconde Franz sus pertenencias, lejos de la vista de los curiosos. O eso pensaba él.
Y no sé si debo seguir llamándolo así, pues encontré una bolsa de lona impermeable donde guarda media docena de pasaportes con su fotografía, checoslovacos, alemanes, suizos, austríacos y hasta paraguayos, todos con nombres diferentes. El presunto Franz se llama Lothar, Will, Helmut o Mateo, pero en ninguno aparece como Franz. En la misma bolsa estaba la libreta que había venido a buscar, pero no encontré pistas que me sirvieran en ella. Cada hoja estaba escrita sólo por una cara, en alemán, con una letra muy apretada trazada con tinta de color púrpura. Ya me parecía algo extravagante el tipo este. Las páginas impares se encontraban a menudo en blanco, si bien había aprovechado alguna de estas para dibujar mapas y toscos retratos y para pegar flores secas con resina. Seguro que su contenido debe ser muy interesante, pero sólo conozco a una persona capaz de traducírmelo y dudo mucho que quiera hacerlo.
Más la fondo de la gruta, detrás de una roca, escondía una caja grande de madera que tenía grabada un cruz de Caravaca en la tapa. Recuerdo haberla visto entre el material enviado por el hermano MacDonald a Aldeaquemada, aunque entonces no le presté mayor atención. Supuse que tendría dentro biblias, comida o medicamentos, como las demás y no sé si eso fue así en algún momento, pero ahora guardaba armas de fuego (conté dos pistolas y un rifle de los que se ven en las películas de guerra, con abundante munición), un uniforme de camuflaje, una cantimplora a juego, una brújula, raciones de campaña y todo el material del que nos proveían en el servicio militar cuando salíamos de maniobras.
No sé qué está pasando aquí, pero debo tener cuidado. Me largaré en cuanto tenga la oportunidad. Si encuentro a alguien que me pueda llevar hasta la civilización, mejor. Si no, esperaré a que venga el capataz de Aldeaquemada, antes de que empiece la temporada de lluvias, para regresar con él.
¿Qué hago mientras tanto? Franz (le seguiré llamando así) no debe sospechar que he visto su escondrijo. Debo actuar con normalidad. ¿Podré hacerlo? No se me da bien fingir. ¿Y con Dámaris? ¿Le cuento lo que he descubierto? ¿Podré fiarme de ella? Pasa demasiado tiempo con la Yacumama. ¿Y si se lo dice a ella? ¿Y si la vieja piensa que ninguno de los dos es quien dice ser?
¡Oh, Señor, ayúdame! ¿Dónde me he metido? ¿Qué pruebas me pones? ¿Realmente merecerán la pena?
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