Bosque de Gas 5

7 de febrero de 1978
Martes de Carnaval
Poblado varayo

Apenas hace dos días de mi última carta. No tenía pensado escribirte tan seguido pero hoy he tenido un encuentro desagradable con Franz y necesito desahogarme.

Franz acechando entre la vegetación

Resulta que esta mañana me desperté intranquilo por culpa de un sueño que tuve y del que ya no guardo ningún recuerdo. Me incorporé en mi catre sudando y vi que estaba sólo en la Casa de las Serpientes. Tampoco me extrañó. Aunque era temprano ya había amanecido y los indios se levantan con el alba para aprovechar las escasas horas de luz. Más me sorprendió la ausencia de Franz, quien para ser germano no se puede considerar que entre sus virtudes esté la de ser madrugador.

Con los nervios como los tenía, a flor de piel, ya no podía dormirme, de manera que salí a dar un paseo que me despejara. Llegué hasta la explanada del templo y caminé por el claro. No pude evitar sentir cierta decepción. Las obras iban mucho más despacio de lo que habíamos planeado. No pasábamos aún de limpiar la zona donde luego levantaríamos la iglesia. Esa debería ser la tarea más sencilla pero descubrimos que no era así. Daba la impresión de que la selva quería recuperar su terreno y cada día teníamos que volver a arrancar los brotes de maleza que por la noche crecían.

Ya te dije que cerca corría un riachuelo asqueroso de agua espesa y tibia que emponzoña con su peste todo el llano. Pero esta mañana no ha sido así. Del arroyo emanaba una rara fragancia que no pude reconocer, algo así como la de la savia de los pinos pero más diluida, más suave. Movido por la curiosidad remonté el cauce para descubrir el misterio y un kilómetro más arriba me encontré una escena que me enfadó.

Ante esa visión me sentí engañado. Al poco de instalarnos en la aldea la Yacumama nos advirtió sobre los peligros de los ríos cercanos... Pero ahora veo que no era más que otra burla de la Yacumama.

Te pido disculpas, mi amor, por utilizar palabras tan gruesas, pero es que la indignación me confunde.

Pude reconocer, a pesar de la distancia, a Dámaris entre el grupo de bañistas...

Entre las matas de un arbusto espinoso que crecía en la orilla opuesta a donde los jóvenes jugaban, asomaba una esfera que reflejaba los rayos del sol. Sin duda era la cabeza de Franz. Agazapado entre la espesura espiaba al grupo. Evidentemente no miraba a los varayos... Sentí asco y desprecio por él.

Tuve la intención de reclamarle allí mismo... me oculté para poder increpar al austríaco cuando estuviéramos solos.

Así pasamos gran parte de la mañana, yo vigilando a Franz y Franz espiando a la hermana Dámaris...

Cuando por fin se cansaron del agua y se marcharon aproveché para salir al paso de Franz. Me planté frente a él, pero él me devolvió una sonrisa cómplice, como si ambos fuéramos partícipes de un mismo secreto. Con ella me dejó totalmente desarmado.

Con el amor más inmenso,
Ángel

Este relato completo y muchos más se pueden leer en
Lluvia fina en Megadonia

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