Una a Una en la Oscuridad

Portada de la novela Una a una en la Oscuridad de Deirdre Madden

Tres hijas. Una madre. Y, alrededor, miedo, odio, confusión, intolerancia, muerte...

Una a una en la Oscuridad, de Deirdre Madden, arranca con un viaje, el de Cate, una mujer de éxito y sofisticada que va a pasar unos días con su familia en el Úlster. No son unas vacaciones; tiene un secreto que revelar y está aterrada. Pero la novela no trata de esto. Al menos, no sólo de esto. Es un viaje a la memoria colectiva de un pueblo que, durante demasiados años, ha convivido con el Terror hasta el punto de que ya se ha habituado a las bombas, las ejecuciones y la discriminación.

Con el telón de fondo del conflicto en Irlanda del Norte seremos testigos del devenir de una familia católica rural (los capítulos se alternan de manera óptima entre los que están ubicados en el presente de la novela, mediados de los años noventa, y los que suceden durante la infancia de las hijas). Cada uno de los personajes tiene una personalidad clara y bien diferenciada y la autora tiene el buen oficio de ahondar en todos ellos, especialmente los femeninos, rehuyendo siempre el arquetipo y dedicando el espacio adecuado para desarrollarlos.

Emily, la madre, padeció los prejuicios en el seno de su propia familia por abandonar su carrera de maestra y casarse con un hombre de una clase social inferior. Ahora se ve en la obligación de enfrentarse a sus propios demonios para no cometer las mismas injustices con sus hijas. Hay en ella una dignidad callada que Madden retrata con enorme delicadeza: la de quien ha aprendido, a golpes, que el amor no puede ser condicional.

Helen, la hermana mayor, abogada especialista en casos de terrorism en Belfast. Muy inteligente pero de carácter indócil, enérgica, huraña y sarcástica. Será la protagonista de la mayor parte de los capítulos, lo que permitirá profundizar más en su interior. Es la más fuerte de todas ellas pero también la más quebradiza. Lo sabe y convive con sus contradicciones. Hay algo casi trágico en ella: una mujer que ha hecho del conflicto irlandés su profesión y que, sin embargo, no logra blindarse del todo frente al daño de ese mismo conflicto.

Cate (antes Kate), la mediana, es la única que se ha alejado de su tierra. Reside en Londres, trabaja para una revista de éxito y tiene una vida de lujo. Sin embargo nunca ha olvidado sus raíces y periódicamente regresa a la casa familiar. Aunque también es una mujer brillante, ya desde la infancia es la más inquieta y problemática. Su regreso al hogar en este momento concreto de su vida tiene algo de ritual necesario: como si sólo en ese espacio, entre esas mujeres, pudiera afrontar lo que se avecina.

Sally, la hija pequeña, es la más parecida a su madre. Convive con ella, es maestra como ella lo fue y su carácter, amable y contemporizador, ayuda a mitigar las desavenencias entre las otras mujeres. Aunque es el personaje menos desarrollado (sólo protagoniza un capítulo, el penúltimo) descubriremos también sus ansias y sus frustraciones, que guarda para sí misma. En cierto modo, Sally representa la continuidad, el hilo que mantiene cosida a la familia cuando todo lo demás amenaza con deshacerse.

Además, sobre toda la novela sobrevuela el fantasma de Charlie, el padre, un hombre bueno y cabal, que cuida a sus hijas, a sus hermanos y hasta consiente a su suegra (aún cuando su esposa ha recortado los lazos con ella al mínimo). Su asesinato cae como una bomba que revuelve la realidad a todos los que lo rodean, mostrando que la inocencia no es una capa protectora ante la vileza y la intransigencia. Charlie no militaba en ningún bando; simplemente estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Hay en su muerte toda la brutalidad absurda de un conflicto que devora también a quienes intentan mantenerse al margen.

Respecto al estilo, la autora conjuga la sencillez en la prosa con un ajustado uso de los tiempos, lo que hace que la lectura sea ágil y muy satisfactoria. Gracias al recurso de cambiar el punto de vista en cada capítulo, el lector se integra en las profundidades de la familia Quinn y conoce de primera mano sus anhelos, sus luchas y sus derrotas. La estructura temporal de la novela merece también una mención especial: los capítulos del presente y los del pasado se alternan con una precisión casi musical, de modo que cada revelación llega en el momento justo, sin forzar ni anticipar. A pesar del trasfondo de violencia irracional, no deja de ser una narración intimista y muy personal, sin perder de vista la historia. Además contiene un subtexto muy rico en el que habla de la soledad y la perduración de la estirpe aún en los momentos en los que el mundo alrededor parece desmoronarse.

Hay también en la novela una reflexión discreta pero sostenida sobre el sentido de pertenencia: qué significa ser de un lugar, hablar su lengua, compartir sus símbolos, y al mismo tiempo sentirse excluido de una parte de ese lugar por el simple hecho de haber nacido en la orilla equivocada. Madden no predica ni simplifica: muestra, con paciencia y precisión, cómo esa fractura atraviesa no sólo la historia de Irlanda sino el interior de cada uno de sus personajes. Lectura muy recomendable en todos los sentidos.

Por último quiero dedicar un agradecimiento a la librería El Retiro de las Letras (C/ Anunciación 2, Madrid) y a su club de lectura por descubrirme esta novela y a esta autora.

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