Las Allullas (pieza teatral)

INTERIOR AGENCIA DE NOTICIAS SHYRIS

Una docena de hombres en mangas de camisa aporrean máquinas de escribir, hablan a gritos por teléfono o corrigen documentos a mano. No se ve el techo por el humo de tabaco apelmazado. Entra un hombre joven, de bigote fino y cabello engominado. Viste un terno oscuro, impecable, con corbata celeste. Carga un maletín de cuero sintético un poco desgastado. Se queda parado en la entrada. Parece nervioso.

GALLARDO

¡Lauro! ¡Venga acá! ¡Qué gusto verle!

El que llama su atención es un poco mayor que él. Viste camisa floreada. Lleva las patillas hasta mitad de los carrillos y sujeta un cigarro a medio consumir en la comisura del labio. Lauro lo ve y le saluda con un gesto de la mano. Apenas puede disimular el fastidio pero se acerca a su mesa.

LAURO

Buenos días, Gallardo. ¿Cómo le va?

GALLARDO

Ya me dieron avisando de que iba a trabajar acá. Pero, ¿cómo así? Creí que estudiaba para periodista.

LAURO
(mirando alrededor con cierta confusión)

¿No es esta una agencia de noticias?

GALLARDO
(riendo)

Sí, señor. La Agencia Shyris. La más importante del país. Y, que yo sepa, ningún periodista ha cruzado nunca esa puerta. ¿No le han dicho nada?

LAURO

¿Qué tenían que decirme?

GALLARDO

Mejor dejo que sea el Turco quien le cuente. Tiene preparado un discurso de bienvenida que él cree que es la pepa.

LAURO

¿Quién es el Turco?

GALLARDO

Es el jefe de todo esto. Hoy lo conocerá. No sabe parar mucho por la redacción pero le gusta recibir a los nuevos.

LAURO

¿Se refiere al señor Maldonado?

GALLARDO
(vuelve a reír)

Maldonado es un pobre infeliz que tiene la agencia a su nombre porque el Turco quiere.

Entra un hombre con paso decidido. Debe rondar los sesenta años. Nariz aguileña, pómulos pronunciados, perfectamente rasurado. Viste un saco blanco a juego con el sombrero de paja toquilla. Lleva lentes con el cristal izquierdo ahumado y guantes de cuero.

BENGOECHEA
(en voz alta)

Caballeros, que tengan un día productivo pero con moderación. (Se aproxima a la mesa de Gallardo) Usted debe ser Lauro Carvajal. ¿Es correcto? Sea muy bienvenido a la Agencia de Noticias Shyris, la única que ofrece sólo la verdad en nuestra amada república. Gallardo, no me lo vaya a envenenar mucho todavía. Ya tendrá tiempo más adelante. Y usted, joven, acompáñeme un ratito a mi despacho, que le quiero contar lo que espero de usted.

El hombre se interna en su despacho, al fondo de la oficina, dejando la puerta entreabierta.

GALLARDO

Escucharásme, Lauro. No vaya a comer de nada que le ofrezca el Turco. Invéntese algo, que le duele la barriga o que ha desayunado fuerte. No sé. Algo.

Ilustración del temible Doctor Bengoechea en su despacho de la Agencia Shyris

INTERIOR DESPACHO DEL DOCTOR BENGOECHEA

El doctor Bengoechea se encuentra sentado detrás de una gran mesa de madera de balsa, donde tiene escrupulosamente apiladas carpetas y documentos. A su espalda tiene incrustado en la pared el escudo de la República. En las otras paredes hay muchas fotografías enmarcadas en las que aparece el propio Bengoechea con el presidente, Velasco Ibarra, en distintas actitudes.

LAURO

Con permiso.

BENGOECHEA

Pase, joven. Con confianza. Y cierre la puerta, por favor.

Lauro se sienta frente al doctor en una silla con las patas recortadas para quedar unos centímetros más abajo. El doctor Bengoechea se saca el sombrero y lo cuelga en un gancho de pared que tiene a mano. Aunque por fuera está impoluto por dentro se ve manchado de grasa. Luego se pasa los dedos por la calva y se atusa los cabellos blancos que le quedan en las sienes.

LAURO
(señalando las fotografías)

¿Es usted con el presidente?

BENGOECHEA

José María. Sí, le conozco de hace muchos años. Muchos. Fue padrino en mi primera boda.

LAURO

Deben ser muy amigos.

BENGOECHEA

En realidad no. Velasco Ibarra no tiene amigos. No se lo puede permitir. En particular a mí me odia. Si pudiera me cortaría en trocitos y los botaría al Machángara para que se los llevara la corriente. Pero no puede, por suerte para mí.

El doctor abre un cajón de su escritorio y saca un paquete que coloca con cuidado encima de la mesa.

BENGOECHEA

Usted no tiene idea de quién soy yo, ¿verdad?

LAURO
(titubeando)

No. Lo siento, señor.

BENGOECHEA

No se disculpe, joven. Si no me conoce es que hago bien mi trabajo. (Desata el paquete y levanta la tapa). Pruebe una allulla. ¿Le gustan? Son de mi tierra, de Latacunga. Me envían un paquete todos los meses desde la pastelería Flora. Yo se los quiero pagar, qué vergüenza, pero no me aceptan la plata. ¿Se puede creer? Pero tome, joven, que son para compartir.

Lauro se lo piensa pero al final selecciona uno de los bizcochos. Lo desmenuza en la mano y se lo come a pellizcos.

Ilustración de Lauro comiendo una allulla con dificultad


BENGOECHEA

La gente lo sabe tomar con chocolate caliente y quesito de hoja pero yo lo prefiero así, en crudo, bien seco. Que se quede pegado al paladar.

El doctor se come de un bocado una allulla. Luego cierra el paquete y lo regresa al cajón.

BENGOECHEA

Me dicen el doctor Bengoechea, aunque nunca me recibí de doctor. Es porque antes yo tenía una consultita en San Blas, por la Vicente León. No era médico ni nunca dije que lo fuera. Vendía remedios naturales, tradicionales, para curar los cólicos o los calambres. ¿Por ese nombre tal vez me conoce?

Lauro, que está sufriendo para tragarse la allulla seca, niega con la cabeza.

BENGOECHEA

Está bien. Mis amigos me llaman Isidoro. Mis enemigos, que cada día son más, me dicen que soy el Diablo. Y acá, en la agencia, me llaman el Turco, y no sé por qué. Porque no tengo apellidos ni ancestros orientales. Quizás sea por mis rasgos. O que me quieren llamar el Tuerto pero no se atreven y Turco se parece. ¿Qué piensa usted?

LAURO
(con dificultad)

No lo sé, señor.

BENGOECHEA

No importa, joven. Nada de eso importa. Lo que de veras importa es lo que hacemos acá. Eso sí es importante. ¿Y sabe lo que hacemos? No me responda, no se vaya a atragantar. Yo se lo diré. Lo que hacemos, lo que espero que usted también haga a partir de hoy, es proteger al país.

Suena el teléfono. El doctor descuelga y escucha, sin decir nada. Luego vuelve a colgar.

BENGOECHEA

Disculpe, joven. ¿Qué le estaba diciendo?

LAURO

Que acá nos dedicamos a proteger el país. Pero no entiendo.

BENGOECHEA

Me gusta que ya hable en primera persona. Yo le explico. ¿Quiénes diría que son el mayor riesgo, la mayor amenaza para la integridad de Megadonia?

LAURO

No sabría decirle… ¿Los peruanos?

BENGOECHEA

Ni mucho menos. Los mecatodianos. Los mayores enemigos de Megadonia son los mecatodianos. Pero ya le explicaré más luego. Ahora necesito que me vuelva a disculpar. Tengo que hacer una llamada que no puedo postergar. Vaya con Gallardo para que le ayude a acomodarse.

INTERIOR AGENCIA DE NOTICIAS SHYRIS

Gallardo aparta a empujones el revoltijo de papeles que tiene sobre su mesa para dejar espacio a Lauro. Lauro coloca su portafolios en una esquina mientras Gallardo acomoda varios utensilios: una máquina de escribir herrumbrosa, unas resmas de papel, una taza de cinc con lapiceras de distinto tamaño, un teléfono de pasta amarillenta… Lauro se mete con disimulo un dedo en la boca.

GALLARDO

No me hizo caso, Lauro. Ya le advertí que no se fuera a comer nada. Le ha dado uno de esos panes secos, ¿verdad? Cuando yo entré a trabajar nadie me dio avisando. Se me quedó atorado en la garganta y casi me muero.

Suena una alarma como el graznido de un buitre y el resto de los redactores deja lo que está haciendo y abandona la oficina en orden.

LAURO

¿Qué ha sido eso?

GALLARDO

Nada. Es el aviso para que salgamos a almorzar. Manías del viejo. Pero hoy nosotros saldremos luego, si no le importa. Tenemos que esperar al encargado de mantenimiento para que le ponga la línea y él se marcha a las doce (Lauro carraspea y Gallardo le ofrece un vaso con agua). Beba. Si no se le va a secar la boca y ahí sí que no se va a poder despegar las migas. Yo no entiendo cómo no se ha muerto ya el Turco comiendo esos bollos de mierda.

Entra en escena el doctor, que estaba detrás de ellos, tapado por una columna.

BENGOECHEA

Porque yo soy inmortal. ¿No lo sabía, Gallardo?

Gallardo, del susto, se tropieza con la mesa y casi pierde el equilibrio.

GALLARDO

Doctor, yo…

BENGOECHEA

Yo me tenía que haber muerto muchas veces pero la Virgen del Carmen me protege. Me mordió una dos equis en el trópico, se quemó mi consulta conmigo adentro, un negro me clavó un machete en las costillas. También estuve en el terremoto de Ambato del cuarenta y nueve, en el mismo centro, y la semana pasada fui apedreado por la chusma en Esmeraldas, durante los disturbios.

LAURO

No sabía que hubo disturbios en Esmeraldas.

BENGOECHEA

Sí que los hubo. Y bien grandes. Esos conchistas putos soliviantaron a los pescadores y armaron un buen escándalo en el puerto. Cuéntele al joven, Gallardo.

GALLARDO

Le dieron matanga a un gringo en Atacames y prendieron varios almacenes de pescado en la capital, Muisne y Súa. Más de quince días duró la huelga.

BENGOECHEA

Dieciocho. Y para nada.

LAURO

Pues no he leído nada en la prensa.

BENGOECHEA

Por supuesto que no, joven. ¡Sólo faltaba! A eso nos dedicamos nosotros. A saber lo que pasa y a saber qué es lo que los ciudadanos tienen que saber. Así es como protegemos al país.

LAURO
(suspicaz)

¿Quiénes somos “nosotros”?

Gallardo mira al doctor como pidiendo permiso. Éste le devuelve una sonrisa complaciente.

GALLARDO

Nosotros somos… nosotros. Quiero decir… Somos una agencia de noticias, ¿verdad? Redactamos cables que luego ofrecemos a los diarios y a la radio y…

BENGOECHEA

Eso es una simplificación muy grosera. Mejor déjelo, Gallardo, que sólo va a confundir al joven. Vea. Aquí va a realizar la labor que mejor sabe hacer. Tendrá que conocer lo que ocurre en cada rincón del país, con todo detalle, incluyendo sus causas y cómo piensa que se va a desarrollar en el futuro teniendo en cuenta todos los factores. Lo averiguará todo. Lo bueno y lo malo, cada victoria, cada fracaso, cada peligro y cada oportunidad. ¿Me sigue? Pero esa no es la Verdad que luego venderemos. No. Eso es para mí. Y luego yo le explicaré cuál es la Verdad que tiene que escribir.

LAURO

Me va a disculpar, doctor, pero aún no me ha contestado a mi pregunta. ¿Quién es usted y por qué se arroga el derecho a decidir qué puede saber el público y qué no?

GALLARDO

Tenga cuidado con lo que dice, Lauro. El doctor Bengoechea es también el director del Instituto Nacional de Seguridad. ¿Sabe lo que eso significa?

BENGOECHEA

Gallardo, no cohiba al joven, que su pregunta es pertinente. Verá usted, Carvajal. Nuestros conciudadanos tienen derecho a saber qué pasa en su país, eso está claro. Pero también tienen derecho a vivir en paz, a que sus familias estén seguras. Y en el momento en el que ambos derechos colisionan alguien debe decidir qué es lo mejor para todos, qué derecho debe primar sobre el otro. Y, lamentablemente, esa carga la debo soportar yo.

LAURO

¿De veras? Y en esas colisiones que usted dice, ¿alguna vez gana la verdad?

BENGOECHEA

Pocas veces, para qué le voy a decir lo contrario. Pero es nuestro trabajo y lo hacemos verdaderamente bien porque, diga lo que diga, el público quiere creernos a nosotros antes que a sus propios ojos. Puede ocurrir que mañana mismo reviente el Guagua Pichincha y nosotros digamos que son fuegos de artificio por las fiestas patronales. Le aseguro que la gente saldrá a festejar por las calles aunque la lava les llegue por las rodillas. Ese es el poder de la prensa libre. Y es bueno para todos. Nuestros lectores ya tienen demasiadas preocupaciones en su día a día, así que simplemente les ayudamos a desarrollar su capacidad de juicio por los caminos adecuados. Piense que, de la misma forma, pudiera ocurrir que se encontrara una yacimiento de petróleo o minerales valiosos en la selva y, si lo consideramos conveniente, esto le acabe costando la cabeza al mismísimo presidente.

LAURO

¿Y por qué haríamos eso? ¿No es el presidente nuestro jefe?

GALLARDO

Eso es lo que él se piensa. Nuestros jefes no hablan una palabra en español.

BENGOECHEA

Era un ejemplo, joven. Sólo si hiciera falta.

LAURO
(escandalizado)

¡Pero todo eso es inmoral! Va en contra de lo que nos enseñan en la facultad.

GALLARDO

No sea pendejo, Lauro. Esto es el mundo real. Todos los medios mienten. Ajustan la realidad al relato que necesitan difundir.

BENGOECHEA

No digan estupideces, jóvenes. No nos dedicamos a las mentiras sino a los secretos. Los secretos son importantes, Carvajal. Sabiendo guardar secretos, sabiendo qué secretos guardar y cómo, se puede obtener paz, estabilidad y progreso. Y lealtad. En este oficio todos tenemos secretos que proteger. Vea. Su amigo Gallardo, por ejemplo, es marica. ¿Lo sabía? Pues su mujer y sus hijos tampoco. (Gallardo desvía la mirada, incómodo) Yo le guardo el secreto y él me guarda lealtad. ¿No es así, Gallardo? Y lo mismo ocurre con los demás. En esta oficina tenemos a un tipo que abusa de su hijita, dos que fueron sicarios de los samborondones y otro que estranguló a su mujer. Muchos de sus nuevos compañeros deberían estar en el Panóptico pero les regalo la redención a cambio de su fidelidad por la causa. Lo que me lleva a usted, joven. ¿Cuál es su secreto?

LAURO

¿Cómo dice?

BENGOECHEA

Necesito conocer su secreto para poder confiar en usted.

LAURO

Yo… No tengo secretos.

BENGOECHEA

¿De verdad? Puede ser. Aún es muy joven y no ha tenido tiempo para cometer errores vergonzantes. Igualmente sepa que lo hemos investigado, como no podría ser de otra forma. ¿Qué sabemos, Gallardo?

GALLARDO
(mira su libreta)

Lauro Camilo Carvajal Alangasí. Veintitrés años. Nacido en Durán. El menor de tres hermanos. Zurdo de nacimiento…

BENGOECHEA

Aligere, por favor.

GALLARDO
(pasa varias hojas de la libreta)

Estudió periodismo en la Universidad de Guayaquil. Tercero de su promoción. Beneficiario de una de las becas Benites Vinueza. No se le conocen afinidades políticas ni… (carraspea, incómodo) preferencias sexuales extravagantes.

BENGOECHEA

¿Ve usted? No sé si me servirá. Ningún escándalo que hayamos podido encontrar. Eso me apena y me desconcierta. Me queda la esperanza de que, simplemente, sepa ser muy discreto.

LAURO

A lo mejor es que no son tan buenos averiguando cosas como se piensa.

BENGOECHEA

Es posible.

LAURO

¿Y qué hay de sus secretos, doctor?

BENGOECHEA
(sorprendido)

¿Los míos? No sabría decirle. Miento tanto que me acabo creyendo mis propias mentiras. ¿Por qué? ¿Ha escuchado algo?

Lauro abre su maletín y extrae una fotografía.

LAURO

Es de hace unos años. Entonces tenía el pelo negro. O quizás es que se lo pintaba. Es usted, ¿verdad?

BENGOECHEA
(recoge la fotografía y la mira muy serio. Ya no sonríe. Luego la arroja a la mesa con desdén)

¿Qué me quiere decir con esto?

LAURO

Se hacía llamar Cordero. El camarada Cordero. No es tan raro. Todos utilizaban nombres falsos, de combate. Por seguridad. También lo hizo mi hermano. ¿Sí se acuerda del camarada Flores?

BENGOECHEA
(lanza una mirada inquisitiva a Gallardo. Éste ojea su libreta y se encoge de hombros)

¿Flores, dice?

LAURO

Yo sé que eran otros tiempos. El triunfo de la Revolución en Cuba despertó muchos sueños, muchas esperanzas, sobre todo entre los más jóvenes. Entre sus alumnos, doctor. ¿También en usted mismo o ya era un descreído de todo? ¿Verdaderamente creía en aquellos ideales o ya entonces tenía sus propios objetivos? Pero el caso es que los alentó, los organizó, encauzó todo ese potencial juvenil desbocado y les dio una meta. Fundaron el PUMA, el Partido Unitario Marxista... ¿Qué más?

BENGOECHEA
(seco)

Partido Unificado Marxista Alfarista.

LAURO

Tiene razón. Y lo sabe porque usted estuvo allí, ¿verdad? (Lauro va sacando más papeles del maletín y los va desparramando sobre la mesa) Redactaron actas de cada reunión, aunque fueran clandestinas. Y la firma del camarada Cordero es siempre la primera en cada una. ¿Lo ve? Usted consiguió las armas. Fusiles, carabinas, pistolas. A mi hermano le tocó una mánlicher medio oxidada a la que bautizó como Verónica. Era un romántico (muestra otra fotografía). Los animó a que se echaran a la selva, pero no los acompañó, por supuesto. Entonces ocurrió lo de Santo Domingo.

GALLARDO

Es suficiente, Lauro. No diga nada de lo que se pueda arrepentir luego.

LAURO

Yo no sé si fue entonces que traicionó a aquellos muchachos que creían en usted o ya era un falsario de antes. Eso aún no lo he podido averiguar, pero no importa. La cosa es que vendió a sus compañeros. A los gringos o a los militares. Muchos murieron en la emboscada que les hicieron a orillas del Toachi, incluyendo el camarada Flores. Pero a usted le sirvió. Despegó una carrera exitosa a la sombra de la dictadura. Una carrera que llega hasta hoy.

Lauro vacía de documentos el maletín y extrae una pistola encajada en el fondo, con la que apunta a la cara del doctor.

LAURO

¡Alfaro vive, carajo!

Suenan cuatro detonaciones. Cuando el humo se disipa el doctor Bengoechea sigue en pie.

BENGOECHEA
(palpándose el pecho)

¿Sigo sin morirme? Qué contrariedad.

Lauro, confundido, deja caer la pistola en la mesa. Amaga con echar a correr pero Gallardo le sujeta por la nuca y el antebrazo.

BENGOECHEA
(a Gallardo)

¿Quién se encargó del operativo?

GALLARDO

Valenzuela. Es nuestro hombre en la Universidad de Guayaquil.

El doctor recoge la pistola, le saca el cargador y se lo guarda en el bolsillo izquierdo del saco.

BENGOECHEA

Ha hecho un buen trabajo con las fotografías y los documentos pero la historia es una pendejada. ¿Su hermano? ¡Si el muy bruto se dejó matar en la frontera intentando pasar un cargamento de licor! Si Carvajal hubiera sido un poco más listo no se lo habría creído.

GALLARDO

Valenzuela lleva años trabajándoselo. Al final funcionó.

BENGOECHEA

Sí. Y por fin tenemos un secreto que guardarle, joven. Ahora sí que va a poder trabajar para mí. Tengo fe en usted. A pesar de esta pequeña desavenencia le veo aptitudes. Hará una gran carrera conmigo si abandona esas ideas disparatadas que tiene y se deja guiar.

LAURO
(balbuceando)

Pero… ¡Yo no he hecho nada!

GALLARDO

¿Nada, Lauro? ¿Pertenencia a grupo sedicioso y atentado contra la vida de un miembro del gobierno?

BENGOECHEA

Tiene razón el joven. No me acaba de convencer el relato. A fin de cuentas no podríamos probar demasiado. Sigo vivo, ¿verdad? (El doctor extrae otro cargador del bolsillo derecho y lo inserta en la pistola) Cambiemos la historia. Eso es lo que mejor hacemos, ¿verdad? ¿Qué tal un crimen pasional? Eso siempre gusta. Digamos que se reencontró con su antiguo amante, éste le despreció y el joven, cegado por el despecho, lo mata de un tiro. La ventaja es que sus huellas siguen en el arma homicida.

Con un rápido movimiento el doctor levanta la pistola, la amartilla y dispara a Gallardo, que cae.

Ilustración del trágico e inesperado final de Gallardo en la redacción



BENGOECHEA
(gritando)

¡¡Llámame otra vez Turco, puto de mierda!!

Lauro mira la escena horrorizado. El doctor le pasa el brazo sobre los hombros.

BENGOECHEA

No se me espante, joven. Esto tenía que pasar. Ya hace tiempo que quería deshacerme de su amigo. Era un inútil. Ni podía escribir su nombre sin faltas de ortografía. Ahora, hágame caso. Márchese para la casa, tome algo para calmar los nervios y reflexione sobre lo que ha pasado hoy. Quizás se le pase por la cabeza marcharse, escapar de todo esto, de mí, pero recuerde que estamos en todas partes. Y no se haga mala sangre. Verá que no es tan malo trabajar conmigo al final.

El doctor va acompañando a Lauro hasta la puerta. Mientras tanto regresa a la oficina el resto de redactores. Dos de ellos, los más corpulentos, retiran sin inmutarse el cuerpo de Gallardo. Los demás vuelven a sus máquinas de escribir para completar sus informes y a hacer nuevas llamadas telefónicas.

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