La Noche de San Dimas
Sebastián entreabrió la puerta del cuarto de su madre. Las bisagras dejaron escapar un chirrido sordo que no llegó a despertarla. Tenía que acordarse de echar unas gotas del aceite con el que engrasaba la Singer. Esto mismo se lo repetía cada noche aunque luego, durante el día, estaba tan cansado que se le volvería a olvidar.
La madre dormía boca arriba con las manos entrelazadas sobre el vientre. Se había dejado el transistor encendido. Hace tiempo que Sebastián dejó de reprocharle ese descuido, cuando comprendió que la mujer lo hacía por coquetería. Le daba vergüenza que su hijo la escuchara roncar y esperaba que el murmullo de los programas de madrugada camuflaran sus resoplidos. La idea le pareció tan tierna que Sebastián estuvo tentado a acceder a la habitación y depositar un beso en la frente de su madre. No lo hizo para evitar despertarla.
Luego lanzó una mirada de reojo al reloj de cuco del salón y se encerró en el cuarto de baño para asearse debidamente. Se desvistió de cintura para arriba y se pasó una toalla empapada de agua tibia por el torso. También se restregó las axilas con piedra de alumbre aunque no esperaba sudar; la primavera acababa de comenzar y las noches aún estaban siendo frescas. Con la tijerilla de las uñas se recortó las puntas del bigote, que le estaban rascando en el labio superior y se arregló el cabello mojando el peine en una mezcla precisa de colonia y brillantina.
Mientras el pocillo con el torrefacto burbujeaba en la cocina, Sebastián eligió las prendas para ponerse. Abrió el ropero y se le vino encima la escopeta con la que su padre salía a cazar perdices. La guardó en el altillo, detrás de las cajas de zapatos llenas de fotografías antiguas, y pudo por fin inspeccionar los estantes. Sacó de la funda de plástico la camisa turquesa con rosas bordadas en la solapa que se había comprado durante un arrebato en el almacén de Fuensanta. Le gustaba el color porque conseguía resaltar el azul de sus ojos. Seguro que con ella se ganaba al menos una sonrisa de Matilde pero, por otro lado, pensó en las burlas que le dedicaría el Gavilán y volvió a guardarla en el armario.
Como no quería perder más tiempo en reflexiones que no iban a ninguna parte se abotonó la camisa blanca de tergal que usaba siempre y el chaquetón de lana que le llegaba casi hasta las rodillas. Rescató el madero que tenía escondido entre los troncos de alcornoque de la leñera y, silbando una guaracha que aprendió en el baile de Mugardes, salió a cumplir su penitencia.
Sebastián llegó al punto de encuentro antes de la hora acordada. Cuando el Gavilán plantó su manaza sobre el hombro derecho de Sebastián, éste no pudo reprimir el sobresalto.
—Qué pronto llegas siempre, majo. aunque lo puedo entender. Esta noche puede ser muy especial, ¿verdad?
Desde luego que lo iba a ser, pensó Sebastián. El clima estaba manso y la luna brillaba redonda en un cielo sin nubes. Todo era propicio para hablar con Matilde, para abrir su corazón y decir todo aquello que le hacía sentir. Lo único que le hizo dudar es que en ningún momento había compartido sus intenciones con el Gavilán. ¿Cómo podía saberlo?
«¿Es que no sabes que hoy es la noche de San Dimas?»
—¿Para dónde iremos?
—Para el norte —confirmó el Gavilán—. No me gusta porque el camino estará embarrado pero Xoaquín insistió y, como fue su cumpleaños, vamos a darle el gusto.
Los primeros instantes de la marcha son los más solemnes. Todos caminan en silencio, arrastrando un poco los pies y con la mirada perdida en el infinito. Sebastián tomó el leño, lo abrazó fuerte para que no se le escurriera y, sin mirar a nadie, echó a caminar, seguro de que los otros le seguirían.
—Ya verás que todo va a salir bien, majo. Lo he visto muchas veces. Os pensáis que esto es para siempre pero no es así. La de San Dimas es una de las noches más mágicas que hay. Las vírgenes, los santos, los ángeles y todas las potencias celestiales andan distraídas y permiten que ocurran milagros que están prohibidos el resto del año.
Sebastián abrazó fuerte el leño que alguna vez tuvo forma de cruz. ¿Dejar de guiar la Procesión? No, ni por todo el oro del mundo. No era una penitencia; era lo único valioso que había hecho en toda su vida. Le convertía en una persona importante, digna. Y, sobre todo, estaba ella.
Por fin divisó la figura de Matilde, al final del todo. Pero la escena le encendió una alarma. Matilde conversaba con un tipo al que no había visto antes, un hombre joven y bien parecido, con melena rubia y ojos de poeta maldito.
—Es el nuevo —le informó el Gavilán—. El pobre no sabe ni por dónde le viene el aire. Como se murió siendo moza, Matilde lo está poniendo al día.
La tensión estalló cuando el joven francés, al comprender su muerte, se abalanzó contra Matilde. Sebastián soltó el tarugo y echó a correr con los puños en alto. Pero antes de alcanzarlo, todo se disolvió. No quedaba rastro de la comitiva. Solo estaba él y, al final del camino, un forastero llamado Diego Juárez sujetando el crucifijo desgastado.
—Se te ha caído el… ¿Quién es toda esta gente?
Sebastián entreabrió la puerta del cuarto de su madre un año después. Ella ya no estaba tan preocupada; su hijo había vuelto a la vida, al trabajo, a la luz del día. Pero él recordaba. Recordaba la importancia de guiar, la dignidad de la sombra y el rostro de Matilde.
Con la escopeta preparada salió de casa por última vez, silbando una habanera. Tenía buen olfato, como el de los perrazos negros que persiguieron al Gavilán. Estaba seguro de que se encontraría con la Procesión y que volvería a participar en ella, si no como vivo al menos como muerto. Tanto daba, en realidad.
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