La Cabaña del Estero

Ilustración de la Cabaña del Estero bajo un cielo tormentoso

La Cabaña del Estero, el lugar donde habitan las pesadillas.

Palmira Yandún, con los ojos vendados, los brazos amarrados detrás de las caderas, la boca empapuzada de salobre por las lágrimas y los salpicones del río y la cabeza adolorida de los golpes que se daba en los tablones cada vez que la corriente sacudía la canoa sólo podía pensar en que, de ninguna manera, iba a dejar a sus hijas sin madre. Durante todo el trayecto, que bien pudo durar todo un día con su noche, no tuvo miedo ni una vez. Fantaseaba con las cosas que le iba a hacer al güero maldito en cuanto tuviera la oportunidad de zafarse.

Por los golpes y los arañazos de las ramas, que terminaron de descomponer su moño, supo que el bote estaba embarrancando en medio de la maleza. Entonces el hombre la levantó en vilo y, cargándola sobre sus hombros, escaló el desmonte. La dejó parada sobre la tierra que, de húmeda que estaba, se hundía un poco bajo su peso, y le aflojó el paño con el que le había tapado el rostro. Cuando los ojos de Palmira se acostumbraron a la luz y pudo distinguir las siluetas del lugar al que la había traído el Polaco por fin sintió terror. Delante de ella, a la sombra de un mangle colorado, se alzaba una casucha de madera que, sin haberla visto antes más que en sus pesadillas, reconoció de inmediato. La Cabaña del Estero.

—¿Pero sabe usted qué sitio es este, malnacido, sinvergüenza? ¿Se da cuenta de que acá nos vamos a morir los dos?

—¿Y eso por qué, ah? —preguntó, divertido, el Polaco.

—¡Chucha! ¡Porque estas son las tierras del Coronel!

—¿Y qué, pues? ¿No sabe que el Coronel es compadre mío?

Entre carcajadas, empujones y arrastrones el Polaco metió a Palmira dentro de la casa y trancó la puerta con unas barras de hierro que encajó muy fuerte en los huecos del piso.

El interior estaba sumergido en una oscuridad espesa, casi física. La casa no tenía una sola ventana que dejara entrar la luz del exterior y parecía como si las sombras se hubieran adueñado del espacio, apretándose entre sí para que nada se moviera con facilidad. Tras varios intentos infructuosos el Polaco consiguió prender un candil de aceite que tenía unos extraños símbolos grabados en el cuerpo de latón. Palmira nunca aprendió a leer pero entendió de inmediato que aquellas no eran letras cristianas. Luego miró alrededor y, a pesar del débil halo que desprendía la lámpara, vio lo suficiente para que le bajara un repullo desde la nuca hasta la punta de la rabadilla.

Si alguien hubiera visto una fotografía de aquel lugar habría pensado que se trataba de una habitación bastante normal para una casa abandonada. Muebles sencillos con estampados pasados de moda, utensilios en desuso desde principios de siglo, papel pintado en las paredes, de colores apagados. Una casita de campo agradable para vivir, si no fuera por la pátina de polvo acumulado, tan gruesa que no dejaba un ángulo sin redondear. Sin embargo al estar allí se sentía muy diferente. Cada artículo, cada rincón, cada palmo de cada muro parecía estar gritando. Palmira lo podía escuchar no a través de las orejas sino de la caja torácica. La casa entera le hablaba en latidos.

A lo lejos, más allá de todo el ruido, el Polaco se jactaba de cómo se había escapado del penal, degollando a dos guardianes con la uña de su dedo meñique, y había llegado hasta el pueblo, esquivando las patrullas de la Policía Rural. Pero Palmira no entendía sus palabras. Estaba tratando de identificar el olor. Era algo pútrido, pero no se parecía al de la carne descompuesta. Más bien líquido. ¿El olor del manglar? Palmira recordó cuando, siendo chiquita, su papá le había regalado un cajón de lodo con un par de tortuguitas. Menos de una semana después tuvieron que devolverlas al estero porque no soportaba el olor. Era ese mismo.

Fue entonces cuando Palmira se volvió loca.

El Polaco le estaba contando sus planes. Pasarían allá un par de semanas hasta que dejaran de buscarlo. Luego, por la noche, regresarían al pueblo para recoger a las niñas y cruzarían la frontera por un paso secreto que él conocía. Palmira, que había permanecido ajena a su cháchara, concentrada en sus terrores, sólo reaccionó al oírle mentar a sus hijas. Entonces se rodeó y se abalanzó sobre él, tirándolo al piso. Luego, con la misma furia, le enterró los dedos bien adentro de los ojos y se los vació a pellizcos.

***

Podría ser bien entrada la noche o las primeras horas de la madrugada cuando se empezaron a escuchar los ruidos. No era sencillo calcularlo porque nada en la casa servía para marcar el paso del tiempo. Primero fue un ligero repiqueteo, como las pisadas de un enjambre de cucarachas después de prender la luz de la cocina. Luego fue creciendo en intensidad hasta convertirse en un arañazo sostenido que rodeaba el exterior de la cabaña, levantando tortas de yeso viejo y tiras de astillas. Este chirrido se hizo tan fuerte que despertó al Polaco. Metido derrumbado en una esquina, con la espalda arqueada por el dolor, volvió a empezar con sus lamentos.

—¿Qué me hiciste, negra ingrata? ¡Me duele! ¿Qué me has hecho, hija de puta?

A pesar de la torrentera de sangre que había derramado y se le estaba acartonando en la camisa todavía le quedaban fuerzas. A Palmira le costaba sujetarle los brazos para que no se arrancara las vendas de la cara. Le había rellenado las cuencas con cera para que no se le infectaran las heridas y el Polaco se quejaba de que le provocaba intensos picores dentro de la cabeza.

—Ya cállese —susurró Palmira—. Deje de hacer ruido.

Las garras estaban escarbando en un punto, como si quisieran abrir un hueco a través del muro. Por primera vez pudieron escuchar el crujido de unos dientes frotándose y, más bajito, una risa animal.

—¡¿Quién anda ahí?!— gritó el Polaco.

—Por favor, Basilio, quédese calladito. Por la Virgen se lo pido. ¿No se da cuenta? Es el Coronel.

—¿Qué dices ahora, negra bruta? Eso son huevadas.

Sólo que no eran huevadas, pensó Palmira. Todos en el pueblo sabían que el Coronel era de verdad, pero el Polaco era forastero y los forasteros no saben nada de las cosas que pasan dentro del manglar. Los dominios del Coronel se encontraban en el triángulo formado por el antiguo poblado de los indios quirutan, la punta sur del islote del Carmen y el muelle de la hacienda Silbarrosa, más o menos. Estas eran tierras prohibidas para los cristianos. Si un pescador se extraviaba o la tormenta lo empujaba hasta allá acababa siendo atrapado por el Coronel. Si tenía suerte la corriente devolvía los despojos al pueblo para que su familia pudiera darle sepultura, pero la mayoría de las veces esto no ocurría. Sobre su aspecto, unos decían que era un caimán enorme de color plomo con patas de carnero y ojos de fuego. Otros que no, que parecía un viejo, con el cabello plateado, pero cuando abría la boca se le veían hileras de dientes afilados hasta más allá de la garganta.

—Usted mismo lo dice. Si mata a todos los que se encuentra, ¿cómo va a saber nadie cómo es?

—Porque se aparece en los sueños. Cuando tiene hambre. Engaña a la gente para que venga para acá. ¿Usted no ha soñado con él o con esta casa, Basilio?

El Polaco se quedó callado.

***

Palmira tuvo el deseo de dormirse, de abandonarse a su destino. Que viniera el monstruo pero no sentir cómo se afilaba las garras con su pellejo, cómo la destripaba, cómo se masticaba sus carnes y sus huesos. Sin embargo no se durmió. Primero por la promesa de salir de aquel lugar con vida por sus hijas, promesa que se hizo a sí misma cuando pensaba que la única amenaza era el Polaco. Pero es que, además, nunca había podido dormirse en un cuarto donde se escucharan las manecillas de un reloj.

Desde hacía bastante rato en la cabaña no se escuchaba más que la respiración tormentosa del Polaco y el tictac de un reloj de pared que le estaba erizando los nervios a Palmira. Por fin se decidió y, con ayuda de la lámpara de aceite, buscó el maldito aparato. Sólo dejó de buscar cuando se dio cuenta de lo que pasaba. Era el Coronel, que conocía sus debilidades y estaba golpeando rítmicamente los tablones de la puerta para meterse en su cabeza y terminar de volverla loca.

—¿Cómo está la Sabina?— preguntó el Polaco, de repente, sobresaltando a Palmira.

—Nosotros no la llamamos así —replicó Palmira—. Se llama María.

—Se llama María Sabina, por mi mamá. ¿Cómo está?

—No le importa— atajó Palmira.

Como si estuviera esperando a que le dieran paso, una voz empezó a rugir desde el cielorraso. Parecía la voz de la casa.

«LA NIÑA SABINITA SE ESTÁ PONIENDO DURA, COMO PEPA DE MANGO. ¡UY, QUÉ RICA!»
***

Palmira había escuchado tantas historias desde chiquita que en su cabeza ya las tenía medio mezcladas. Lo que recordaba es que una vez fue un hombre, un coronel de a de veras, que durante la Independencia luchó por el lado del rey Fernando...

«¡PORQUE ME ENGAÑÓ! —escucharon gritar a las paredes—. ¡ESA PUTA ME ENGAÑÓ. Y AHORA SÓLO TENGO HAMBRE TODO EL RATO!»

—¡Váyase a la verga! —gritó Palmira en respuesta.

***

Palmira tuvo una sensación muy loca que no conseguía entender de dónde venía. Era un aroma, muy tenue al principio, que estaba inundando, poco a poco, toda la cabaña. Allí olía como, estaba segura, debía oler la luna.

—El Polaco… Basilio… Está muerto, ¿verdad?

—Desde que se le apagó la luz —contestó la voz, que ya no era la de su marido.

Palmira alargó los brazos hasta que pudo palpar el rostro del Coronel. Estaba cubierto de una película de baba. Pero supo que todo era puro artificio, que detrás de todo aquello, al fondo, sólo había un anciano asustado que no entendía qué estaba pasando.

—Tic-tac, viejo. Tic-tac —susurró Palmira al oído del Coronel mientras las paredes de la cabaña del estero se resquebrajaban y dejaban entrar la luz del mediodía.

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