D´amour dans l´encre et l´or de tes cheveux noirs
—¿No prefieres encender la luz? —me preguntas; sabes que mi vista no es buena y te preocupa que la luz de las velas no sea suficiente.
—Todavía no. Cuando haya terminado, a lo mejor.
Antes de empezar buscas qué música debe sonar de fondo. Dices que en esta experiencia deben actuar todos los sentidos. Estoy de acuerdo. También sé que intentas alargar la preparación porque estás nerviosa. En realidad eres tímida, aunque no lo aparentes. Te comprendo. Yo también lo estoy. Llevo mucho tiempo soñando con este momento y tengo miedo de no estar a la altura. Pero no me voy a echar atrás. Quizás no tengamos otra oportunidad.
Te decides por un disco de Etta James pero lo pones a un volumen bajo. Dices que así conjuras la tentación de cantar con ella. Porque necesito que estés muy quieta.
—¿Por dónde vas a empezar?
—Por la espalda.
Te sientas del revés en la silla y apoyas la frente en el respaldo. Mientras te desabotonas la camisa pruebo la pluma en mi cuaderno. Es importante que escriba bien, que el trazo no sea grueso y no tenga pérdidas. No queremos manchones.
Escribo lo primero que se me pasa por la cabeza porque no sólo estoy probando la estilográfica. La primera regla es que el relato tiene que ser improvisado, así que tengo que comprobar si los engranajes de mi imaginación están a punto, bien aceitados.
Escribo:
Releo la frase. No es genial, pero me conformo. Lo importante es que la tinta sale con fluidez y no mancha.
Se me hace un nudo en el estómago pero estoy preparado.
Me doy la vuelta y veo tu espalda desnuda. Es la primera vez que la veo. Noto que tienes la respiración agitada y me gustaría sofocarla. Deslizar mis manos por toda tu piel y susurrarte que todo va a salir bien. Pero ese no es el trato. Aunque me cueste sólo te tocaré con la punta de mi pluma.
Te separo en dos la melena y la dejo caer sobre tu pecho. Al hacerlo una bocanada de tu perfume me sacude todo el cuerpo. Me dijiste cómo se llamaba pero no lo recuerdo. A mí me recuerda al aroma que anuncia la tormenta.
Escribo la primera palabra en tu nuca, bien pegada a las últimas raíces de tu cabello para no desaprovechar el espacio. Ni siquiera me doy cuenta de qué palabra es porque estoy pendiente de la caligrafía. Que cada trazo, que cada voluta de cada letra tenga la forma y medida perfecta. Es la primera vez que practico la escritura automática.
Me detengo en cuanto rozo tu oreja derecha y retrocedo para observar. Temo haberlo estropeado todo dibujando un garabato sin sentido, pero no es el caso:
Me preguntas por qué he escrito esa palabra y no te sé contestar. La respuesta debe estar en las siguientes líneas, espero. Me explicas las propiedades de la caléndula, que sirve para cicatrizar heridas, pero apenas te escucho. Estoy arrebatado por un vendaval de colores: la flor amarilla, la tinta púrpura, tu piel tostada, tu pelo negro…
Vuelvo a escribir.
Tengo que apretar la punta de mi pluma contra ti para que el chorro de tinta sea firme. Me preocupa hacerte daño pero me tranquilizas. El rasguño es más placentero de lo que te habías imaginado.
Sigo en trance pero ya estoy más relajado y puedo distinguir alguna palabra después de haberla escrito. De pasada reconozco que estoy hablando del mar y me siento complacido. Desde hace mucho tiempo tu recuerdo lo tengo asociado al mar.
Desde la
ventana de
la torre más
alta se puede
ver el mar. Cuando es de noche y el castillo
está por fin el silencio ella sube. Sabe que está prohibido,
que solamente pisar la escalera de caracol es considerado sacrilegio, pero no lo
importa. Se sienta en el alféizar con las piernas colgando sobre el abismo y mira hacia
el poniente. A esa hora no puede ver nada. Como mucho destellos de luz de luna rebotando
Soplo suavemente en cada una de las líneas para que se fije mejor la tinta. En realidad es un gesto innecesario pero me gusta pensar que mi aliento está participando en el proceso creativo. También que, en parte, es absorbido por tu piel.
—Me gusta. Es un buen comienzo —dices.
Me siento satisfecho por tu comentario aunque yo no opine lo mismo. No sabía que el relato fuera a ser fantástico o un cuento de hadas, con su castillo y su princesa encerrada…
Luego me doy cuenta de que aún no te lo he leído.
—No hace falta —me explicas—. Te he leído tantas veces que ya puedo reconocer tu letra a través del tacto.
Si eso mismo me lo dijera otra persona desconfiaría. Creería que se estaba burlando. Pero te conozco bien y sé que tú eres capaz de los prodigios más imposibles. Sin ir más lejos, tu sola presencia ha conseguido que, después de tanto tiempo, yo vuelva a escribir.
los ojos para concentrarse mejor y presta atención a los
sonidos que empuja el viento. Oye la tormenta estallando
muy lejos, en la costa de un país extraño cuyo nombre no
conoce. Los lamentos de los náufragos que ya nunca
regresarán a su hogar. Las risas pérfidas de las
sirenas y las estelas de los muertos dibujando
óvalos imperfectos sobre la piel del océano en
el lugar donde se pudren sus cuerpos. A pesar
Llego al valle que se forma donde acaba tu espalda y me detengo para admirarlo. Contengo la tentación de encajar mi cara en él, de aspirar, besar, incluso morder. Me conformo con acercar la palma de mi mano, que se queda a milímetros de tu cuerpo. No te llego a tocar pero siento el roce de un enjambre de vellos invisibles. Tú también percibes la descarga eléctrica porque sacudes los hombros pero no dices nada: ni una queja, ni una exclamación de sorpresa. Sólo dejas escapar un leve suspiro. Me gustaría pensar que es de deseo pero no lo sé.
Me guardo la pluma en el bolsillo del pantalón y escojo una de las velas. No es la que tiene la luz más brillante pero la prefiero sobre las demás por su aroma a sándalo.
—¿Me vas a echar la cera? —preguntas.
—¿Quieres que lo haga?
—Sí.
—Entonces lo haré. Pero no ahora.
Me doy unos segundos para contemplar la obra. Ya tienes la mitad del cuerpo pintado con letras. Mi pulso está alterado y no consigo sujetar firme la vela. Con cada oscilación de la llama me parece que las palabras de tu piel bailan y se transmutan por otras que quizás sean más adecuadas. En lo que dura un parpadeo tormenta se transforma en guerra y risas se convierte en danzas. Pienso que estos cambios no tienen nada que ver con el juego de luces y sombras que proyecta la vela. Que eres tú, obrando una vez más tu magia con el único propósito de desconcertarme.
—Las danzas no se pueden escuchar —protesto.
—Las que son pérfidas sí.
Y se queda la palabra como tú la pones.
Observo el espacio libre que me queda en la parte posterior de tu cuerpo. Me deleito con la visión de la carne, con la suavidad de tus curvas y con los huesos que se marcan en tus caderas pero siento también una gran responsabilidad. Vuelvo a dudar de mis capacidades como escritor. No puedo componer nada que sea más bello que lo que tengo frente a mis ojos. Pero tú debes percibir mis dudas porque echas la cabeza hacia atrás y me sonríes. Con ese gesto me devuelves las ganas de escribir. También me provocas una erección.
En este momento cometo un grave error. Me fijo en el único tatuaje que luces en tu piel: una rosa de los vientos en la región del coxis.
¿Qué debo hacer ahora? ¿Sigo escribiendo por encima, como si no estuviera? No quiero hacer eso. El símbolo es importante para mí. Es la estrella polar que, sin yo saberlo, marcó mi rumbo en todos estos años de ausencia. Lo ideal sería integrarlo en la historia, pero no sé cómo hacerlo sin que resulte forzado.
Pienso, pienso y pienso.
Ese es mi error.
No debo escribir con la cabeza. Ahora no. Debo hacerlo con el instinto, pero aún no me doy cuenta y pienso, pienso, pienso.
Estoy en blanco.
Me acerco a la pianola descompuesta y me sirvo un vaso de vino templado. En mi ofuscación no te ofrezco otro a ti. Observas divertida cómo me lo bebo de un trago pero no se disipa mi expresión de perplejidad.
—Ven. Abrázame.
—Dijimos que sin tocar.
—Nosotros mismos pusimos las reglas y podemos cambiarlas. Abrázame. Lo necesitas.
Como hipnotizado por tus palabras me acerco a ti. Te levantas de la silla pero no te das la vuelta. Te rodeo con mis brazos y siento que tiemblas. Tus pezones están duros y se clavan en mis muñecas. No tengo miedo de emborronar la tinta de tu espalda y me pego más. Apoyo mi oreja en tu nuca y confirmo lo que siempre he sospechado. Por dentro estás llena de canciones.
no se siente conmovida. Hace tiempo que no
siente nada, ella, que tanto ha sentido, que
tanto ha amado, que tanto ha vivido.Ya casi
se había olvidado de aquellos tiempos, asfixiada
por la rutina diaria del Castillo de las Sierpes, pero
la última noche soñó con la flor de la caléndula. Nada
más despertar se la dibujó en el dorso de la mano:
Te divierte mi ocurrencia de transformar tu rosa de los vientos en una caléndula. yo quiero decirte que no ha sido una decisión consciente, que fue obra del otro yo que guía mi mano y a quien apenas conozco. Pero me callo. Hay pocos placeres en esta vida que se igualen a escuchar tu risa.
Antes de que yo te lo pida te levantas de la silla. Sabes que ha llegado el momento de que te escriba sobre las nalgas. Yo también lo sé; ansiaba llegar a esta zona, palparla con mi pluma, azotarla con mi imaginación, regarla de palabras. La carne es firme y la punta de iridio se desliza sinuosa, sin hundirse demasiado. Es el lienzo perfecto.
hervidos con raíz de loto servían para cicatrizar las heridas más
superficiales. Si al aplicar la cocción se recitaba la Oración de las
Furias, aquella que comenzaba con el nombre secreto de las tres
ondinas mayores, rellenaba las grietas del corazón y borraba de la
memoria los nubarrones grises del dolor. Ella siempre sospechó
que la anciana era en realidad una bruja de los desiertos y esa
idea no la asustaba. Se sentía protegida y reconfortada. Pero
una duda surgió entonces en su mente para atormentarla.
¿Estaría ella bajo el hechizo de la flor de caléndula?
Esta última línea la escribo sobre el pliegue que anuncia el nacimiento de tus piernas. Siento esa rara plenitud que se experimenta al acabar un capítulo en el último renglón de la página.
—¿No sigues hasta abajo? —preguntas.
—En las piernas escribiré el final de la historia. Lo haré alrededor.
—Lástima. Quería sentirte en los muslos.
—Tendrás que ser paciente.
Yo sé que no eres paciente y me lo demuestras contoneando tus caderas y frotando tus rodillas en lo que parece una danza exótica que te has inventado.
No tengo la intención de llevarte al límite pero guardo la pluma y encierro un cigarrillo. Hace años que dejé de fumar pero la ocasión lo merece. Es suave, mentolado, pero por la falta de costumbre el humo me hace toser. Me lo arrancas de los labios, le das una calada y te vuelves a sentar en la silla, esta vez frente a mí. Te muestras en todo tu esplendor. Tus cabellos caen en cascada sobre tus hombros, acariciándolos. Veo una gota de sudor resbalando entre tus pechos y recorriendo tu vientre para acabar perdida en el interior de tu ombligo. La estela que deja sobre tu piel refleja la llama de las velas.
No puedo evitar fijarme en tus pezones, que sentí incrustados en mi cuerpo durante el abrazo que te di antes. Cuánto quisiera que se volvieran a clavar en mí.
Me dedicas una sonrisa pícara. Abres tus piernas y las vuelves a cerrar de golpe. En la penumbra apenas recibo una visión fugaz de lo que escondes entre ellas pero es suficiente para inflamar mi sangre. Me acerco a ti. Extiendo mis manos y te acaricio las mejillas. No sé por qué lo hago. Quizás sólo quiero comprobar que eres real, que no eres una fantasía. Noto el tacto de tu piel. A mi alrededor la habitación se disuelve, gaseosa, pero tú estás hecha de carne. Con el dedo pulgar recorro tus labios. Juegas a mordisquearlo, con dulzura.
De repente tengo mucho calor. Ya no quiero seguir escribiendo.
—Tienes que hacerlo —dices—. Necesito saber cómo acaba la historia.
—La historia no acaba. Detesto los finales.
—No la acabes si no quieres, pero sigue un poco más. Me gusta sentirte.
No me cuesta recuperar el trance y empiezo a escribir encima de tu clavícula pero sin dejar de mirar tus pechos.
cómo había llegado al Castillo de las Sierpes. No había nada que
la retuviera allí y, sin embargo, no se podía escapar. ¿Por qué? ¿Qué
fue aquello tan terrible que hizo o qué le pasó para tener que tomar el veneno
de la caléndula y olvidar? Porque de algo sí estaba segura: lo había preparado
ella misma, siguiendo las enseñanzas que le inculcó la hechicera.
—¿Cómo se llama ella? —preguntas.
—No tiene nombre.
—Pues es una pena. Me gustan los nombres que les das a tus personajes.
—Sabes que los robo de las lápidas de los cementerios.
—Lo sé. Pero sabes escogerlos.
—No importa. Esta noche no hay nombres.
—Pues yo tengo un nombre. Y tú también.
—No. Hoy no.
Me miras fijamente unos segundos y asientes. Nada de nombres. No rompemos la magia.
Agachas la cabeza y observas lo que he escrito. Es la primera vez que puedes ver con los ojos el efecto de la tinta morada sobre tu piel. Pareces satisfecha.
—Ya me tienes que escribir en las tetas. ¿Cómo lo vas a hacer? —tu voz baja un tono al hacer la pregunta.
—¿Por qué? ¿Tienes alguna propuesta?
—Sí. Hazlo en espiral, empezando desde el exterior y acabando en la punta.
Me parece una idea excelente. Te pido ayuda. Necesito que sujetes y levantes tu pecho derecho cuando lo esté rodeando para poder escribir debajo, pero te niegas a hacerlo. Quieres que lo haga yo mismo con la mano que me queda libre.
Escribo tan ensimismado que no me doy cuenta de lo que haces cuando destrabas la hebilla de mi cinturón.
La última palabra la escribo sobre la aureola, al mismo tiempo que liberas mi pene del pantalón y lo agarras con tu mano helada. Por el mismo sobresalto la escribo mal.
—Te has equivocado —dices, sin soltarme.
—Sí —confirmo, sin culparte por ello—. Será mejor que la corrijas.
—¿Yo? ¿Y cómo voy a hacerlo?
—De la misma forma que antes transformastes algunas palabras en tu espalda.
Dices que me he vuelto loco, que no eres capaz de hacer tal cosa, pero tu mirada me indica lo contrario. No me lo quieres poner fácil.
Me apremias para que borre la palabra mal escrita con saliva, ahora que la tinta sigue fresca. Me apetece mucho hacerlo, pasar mi lengua por la piel de tu seno, pero no lo hago. Temo que se quede una mancha morada emborronando la obra que estamos creando.
Busco la vela con aroma a sándalo y derramo la cera sobre tu pecho, cubriendo la última palabra. Está caliente y me transmites su ardor apretando mi sexo. Cuando se te pasa la impresión te ríes con ganas.
Acerco mi boca y soplo para enfriar la cera. El vapor húmedo que exhalo impacta contra tu pezón, que reacciona poniéndose aún más duro. Se te escapa un gemido de deseo y me frotas el pene suavemente.
Compruebo que la gota de cera ya está sólida y la despego de tu piel valiéndome de las uñas. La palabra caracaramelo ha desaparecido, adherida a los restos de la vela. Me inclino y, con mucho cuidado, escribo en el espacio que ha quedado vacío caramelo. Ahora sí, contento por resolver el problema, te lamo el pezón.
Cuando voy a separar mi cabeza de tu pecho la sujetas con fuerza, introduciendo tus dedos en mi cabello. Sabes que eso me excita. No puedo verte la cara pero sé que tienes los ojos cerrados y te estás mordiendo el labio: conozco tu expresión de placer. Desde luego, no intento apartarme. Hasta que me sueltas sigo degustándote. Recorro con la lengua cada arruga de tu pezón, que me sabe a canela, a espuma de mar, a frutos secos, a sed y a cuero curtido. Todos estos sabores se suceden, no se superponen, y se complementan.
—Ahora quiero que me escribas dentro de los muslos.
No es lo que toca. Debería escribir en tu pecho izquierdo, luego en tu vientre y, sólo después, pasaría a tus piernas; pero no te discuto. Por fin se ha revelado tu naturaleza salvaje, libre, caótica. Aunque también participaste cuando establecimos las normas siempre supe que, de ninguna manera, te ibas a someter a ellas durante mucho tiempo.
Separas tus piernas y yo me hinco de rodillas entre ellas. Me dejaste el pantalón desabrochado y, al hacer este movimiento, se desliza más abajo. Mi pene erecto queda expuesto, apuntando hacia tu sexo. Le dejo mirar. Me guardo el recato, que ya no tiene lugar, y acaricio la cara interna de tus muslos. Siento su suavidad, su tersura, su calor. Al hacerlo una sutil hebra de miel escapa de tu vulva. Lo seco con el dedo y vuelvo a escribir.
Quedo contagiado de tu desorden y ya no escribo en línea recta. Lo hago en diagonal, dibujo figuras con los renglones, caligramas. Salto de una pierna a la otra, te emborrono el pubis con tinta púrpura, trazo algunas letras del revés…
De todas formas sigues leyendo con el tacto. Cuando llego a la parte en la que menciono al amante estoy muy cerca de ti. Adelantas tus caderas y rozas el sexo contra mis labios. Tus vellos me hacen cosquillas en la nariz.
—Así no puedo seguir escribiendo.
—Es que ya has terminado. A partir de ahora sigo yo.
No estoy en posición de protestar. Tampoco quiero hacerlo. Lo que quiero es introducir mi lengua dentro de ti, y es lo que hago.
Sentada en el filo de la silla arqueas tu espalda hacia atrás todo lo que te permite el respaldo. Yo te agarro fuerte las nalgas y froto tu vagina con mi boca hasta empaparme de ambrosía. Soy demasiado agresivo y te quejas, así que cambio de método. Poso el índice y el corazón de mi mano derecha entre tu clítoris y el monte de venus y tiro un poco hacia arriba. Tu vulva queda más tensa. Mientras acaricio con la punta de mi lengua tus labios internos, arriba y abajo, arriba y abajo, utilizo la mano izquierda para jugar en la entrada de tu vagina. Muevo el pulgar en círculos y, como al descuido, lo encajo dentro para comprobar tu temperatura. Siento como si lo estuviera bañando en lava volcánica.
Tú respondes a mis movimientos con la ondulación de tus caderas. Gimes, cada vez más intensamente, pero antes de llegar al clímax te recomponer y me empujas con fuerza. Quedo tendido en el suelo, boca arriba. Estoy ansioso porque no sé lo que vas a hacer ahora.
Te agachas e intentas descalzarme. Peleas con los cordones, que siempre llevo demasiado apretados, hasta que al final me arrancas los zapatos, soltando un bufido. Ya no tienes más problemas para terminar de desvestirme.
Me vuelve a agarrar el pene, esta vez por la base, tan abajo que tu dedo meñique me roza los testículos. Me miras a los ojos mientras aproximas tu boca a mi sexo. En esa posición, apoyada en los codos y las rodillas, pareces una pantera a punto de atacar. Y yo quiero que me devores.
Me soplas en el glande, trazas elipses a su alrededor con la lengua pero no te lo llegas a meter en la boca. Me estás retando con la mirada. Quieres que yo te pida que chupes. No digo nada.
Te alzas un poco y dejas caer un hilo de saliva. No es cristalino sino iridiscente. Espeso. Cálido. Te subes encima de mí. Con la ayuda de tus dedos te penetro.
Me doy cuenta de que algo está cambiando. La llama de las velas brillan con mucha intensidad. Ya se han consumido algunas y debería haber crecido la penumbra, pero la habitación está inundada de luz. También han mutado los aromas. Ha desaparecido el sándalo, el palosanto, la vainilla y el jazmín y todo huele a hierba fresca. Siento como si tú y yo nos hubiéramos desvanecido de tu casa para recomponernos en otro tiempo y en otro lugar. En una tarde de verano, con el sol sobre nuestras cabezas. En un prado apartado del mundo. Un prado de amapolas.
Desconcertado, te miro. Y tú me regalas otro prodigio. Cabalgas en equilibrio sobre mí, con las manos perdidas tras tu melena. Suaves al principio, tus balanceos se vuelven más enérgicos. Observo cómo oscilan tus pechos en cada sacudida y entonces lo veo. En el vaivén de tu cuerpo las letras que he escrito cambian de posición. Trepan tu espalda, se derraman sobre tu vientre y se acomodan para completar la historia.
Siento tanto placer que me cuesta concentrarme, pero hago el esfuerzo y leo.
Acabo de leer y alcanzo el orgasmo, como una explosión nuclear que me deja sin aliento. Creo que tú también lo alcanzas porque te siento palpitar. Luego te derrumbas sobre mi cuerpo; tu pecho pegado al mío. Sudamos tinta morada.
Acercas tus labios, que ahora están pintados de carmín, y me susurras:
—Te prometo que esta vez no lo olvidaré.
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