Bosque de Gas 4
Casa de las Serpientes
Si no me confundo en mis cuentas, cosa que ocurrirá antes o después, hoy ha sido domingo.
Recuerdo nuestros domingos juntos con una sonrisa, como esos recuerdos felices que uno guarda desde la infancia. Nos levantamos temprano para arreglarnos sin prisa. Tú te pones ese vestido verde que combina con el color de tus ojos. Yo, la camisa blanca con cuello mao que encontramos en aquel puesto del Rastro. Luego te acompaño al culto, a pesar de que sigo siendo un descreído. Nos sentamos en la primera fila para no perdernos una sola de las palabras del hermano Dónovan, con esa vocecilla que tiene, siempre sonriendo. Al salir nos vamos a pasear al Retiro o a tomarnos un vermouth en la horchatería de la Avenida de José Antonio, donde ya conocen nuestros nombres. Tanto tiempo parece haber pasado desde entonces. Casi un año. ¿Es posible? Bueno, un año y un mundo entero.
Los indios de aquí no nos sonríen. Apenas nos miran. Ni siquiera recibimos de ellos curiosidad. En nuestro viaje desde Quito cruzamos algunas comunidades indígenas y en todas ellas, principalmente los niños pero también muchos adultos, se quedaban maravillados por nuestro aspecto. No abundan entre los de su raza los calvos, como el hermano Franz. Además la mayor parte de ellos son barbilampiños, por lo que su larga barba rizada atraían las manos, que la mesaban y estiraban de sus hebras para confirmar si era un postizo. Y qué decir de mi cabello anaranjado, que causaba estupor. Recuerdo cómo me reía al ver que lo tocaban con cuidado, por si acaso estuviera en brasas. Pues bien, nada de ello ha valido interés para los varayos. Estos nos evitan como apestados. Pasan a nuestro lado con la cabeza gacha, no contestan cuando les llamamos y esquivan la mirada cuando nos los encontramos de frente. Actúan como si fuéramos una maldición que ha caído en su pueblo con la que se tienen que conformar pese al disgusto.
La única que nos observa todo el rato es la Yacumama, y no me refiero a los ojos pintados en los cogotes de sus hijos. Siempre la noto cerca, pendiente de lo que hacemos y de lo que decimos, incluso ahora. Cuando converso con el hermano Franz, da igual lo que esté haciendo, se sienta a nuestro lado y atiende como si pudiera comprender nuestras palabras. Hay en su forma de comportarse un aire de desafío, como si se burlara de nosotros, y hasta cuando nos concede privilegios parece que se esté burlando.
La base alimenticia de esta tribu consiste en una papilla de yuca, bastante insípida, que fermentan con su propia saliva. Los miembros menos válidos de la aldea, los que no cazan ni pescan o han enfadado a la líder, pasan horas mascando esta raíz hasta reducirla a una pasta grisácea parecida al engrudo. Pues bien, la que nos sirven a nosotros sale de la boca de la propia Yacumama. Nos alimenta como esas madres pájaro que regurgitan la comida en el pico de sus polluelos. Luego se ríe y con ella todos los comensales.
Siento haber sido tan explícito. Sé que estas cosas te incomodan. También a mí. Con lo especial que solía ser con la comida puedes imaginarte el calvario que estoy pasando, que no es nada, por supuesto, comparado con las penalidades de Nuestro Señor en la Cruz.
Hace unos días le pedimos permiso para construir un templo cerca de la aldea y la Yacumama nos lo concedió con gusto. Nos cedió un terreno llano cerca de un arroyo, a un par de kilómetros de la Casa de las Serpientes, y hasta mandó a algunos de sus indios que nos ayudara a desbastar y desbrozar el suelo. Dirás que fue un gesto muy gentil por su parte pero te aclararé que debe ser la zona con mayor concentración de mosquitos de toda la selva del Amazonas. Y eso por no hablar del olor. Tengo la sospecha de que los varayos utilizan ese riachuelo, corriente arriba, para hacer sus necesidades.
Como era de esperar la Yacumama sólo se dirige a nosotros a través de la niña Dámaris. Es lógico. Ella es la única que entiende el quechua. Pero es que parece verdaderamente que la ha aceptado en su manada. Duerme junto a ella en el rincón privilegiado de la Casa de las Serpientes y a menudo las escucho conversar hasta altas horas. Como chamana de la aldea la Yacumama se encarga también de organizar y presidir sus rituales. Hace dos noches preparó una fiesta de bienvenida a la tribu, a la que sólo asistieron las mujeres. No fuimos invitados ni Franz ni yo pero sí la hermana Dámaris. Por lo que nos contó luego, la Yacumama les sirvió a cada uno de los presentes una tisana de bejuco con flores oscuras cuyo efecto debería servirles para estar en comunión con los espíritus del bosque. A Dámaris sólo la mareó.
Acaba de entrar el hermano Franz a la cabaña. Todas las tardes se sienta en un escritorio que ha improvisado con unos tablones y escribe. Solo que él no escribe cartas, como yo. No tiene a nadie al que odie tanto como para aburrirle con sus aventuras, bromea. En realidad no sé mucho de su vida antes de nuestro encuentro en Quito. Eso le comenté el otro día y, sonriendo, me contestó que le podía preguntar todo lo que quisiera menos qué había hecho durante la Guerra. Es un chiste alemán. Me contó que viene de Brasil, donde ha vivido los últimos años predicando la Palabra de Dios en varias comunidades del Matto Grosso. Renació en una playa de Salvador de Bahía adonde había llegado para morir. De eso hace ya muchos años y ha aprovechado bien la oportunidad que le dio el Señor sumando incontables almas perdidas a Su Rebaño desde entonces. Tengo mucho que aprender de él. Como el hermano Franz sí ha sido ordenado Pastor de la Iglesia él es el encargado de dirigir los Oficios. Y se los prepara a conciencia. Eso es lo que está haciendo ahora. En una libreta escolar de tamaño folio cada tarde, metódicamente, escribe unas reflexiones sobre los Textos Sagrados que luego aprovechará en su siguiente sermón. Y ni siquiera necesita recurrir al Evangelio para ello. Lo tiene grabado a fuego en su memoria.
Hablando de los Oficios, antes te conté que los varayos no muestran interés con las cosas que hacemos por ellos. Hay una excepción, el indio Juanito. Es un niño pequeño, de unos ocho años, con unos ojos enormes, que siempre está conmigo. Como soy incapaz de recordar su nombre natural le he bautizado como Juanito, para disgusto de la Yacumama, que considera que no es apropiado para un hombre. A mí eso me da igual. De hecho hasta me gusta que le moleste. Juanito es el único que se queda hasta el final de los sermones, con actitud embelesada. Creo que ni siquiera presta atención a la traducción de Dámaris y, aunque lo AICHIERA, no debe entender las palabras. ¿Qué sabrá este chiquillo del pecado, a su edad y tan ajeno a las tentaciones del mundo moderno? Veo sobre él la Gracia de Dios y me reconcilia con nuestra misión. Pienso que es suficiente con salvar una sola alma para que toda la humanidad sea Salvada. ¿No hizo eso Jesús, sin intención de compararme con Él?
A menor escala, algo parecido ocurrió en el pueblo natal de Dámaris. Ella pertenece a la comunidad de Rumiñahui, un asentamiento indígena de la sierra, compuesto por los descendientes de los esclavos que trabajaban las minas del Tumbalobos hasta que se cerraron y fueron liberados. Durante años vivieron en un estado casi salvaje. Practicaban un paganismo atávico mezclado con las supersticiones de la doctrina romana. Un día rezaban a la virgen y al otro ofrecían sacrificios al espíritu de la Laguna Negra para que les asegurara una buena pesca. No recibían más tutela moral que la del cura de San Cristóbal quien, lejos de censurarles, parecía que los alentaba a seguir en la barbarie. Nadie en este mundo se preocupaba del bienestar de los indios de Rumiñahui. Pero en los años 30, durante la primera oleada misionera de la Iglesia, el hermano Harold Plumber, del Templo de Connecticut, se instaló en la aldea, acompañado sólo de su Biblia familiar y de su gran corazón. En poco tiempo, gracias a la bondad de sus palabras y de sus obras, consiguió salvar al cacique de la comunidad, Medardo Tituaña. Tras él todos y cada uno de los habitantes de Rumiñahui Resucitaron en Cristo. Un sólo hombre, un sólo ejemplo, sirvió para salvar generaciones enteras.
Eso es lo que pretendo hacer yo a través del niño Juanito. Sólo espero tener la entereza y la determinación del hermano Harold, que en Gloria esté.
En la carta anterior te hablé de un rincón de la selva que los nativos llaman “Bosque de Viento”. Ya sé más cosas. Para empezar, que su nombre no es ese. Fue un error de traducción por parte de Dámaris. En realidad lo llaman algo así como Sachapacllanta, que significa en nuestro idioma “Bosque de Gas”. Por lo que contó la Yacumama a la hermana la noche de su bienvenida se trata de una parcela real que se encuentra justo en el centro del triángulo que forman los poblados varayos. La mayor parte de sus mitos tienen lugar en el Bosque de Gas. Allí tienen su guarida criaturas legendarias como la verdadera yacumama, la gran serpiente, cuyo tamaño haría palidecer a las anacondas de río, y que reina sobre el agua, provocando las lluvias en la selva. El Bosque de Gas es también el País de los Sueños, que es adonde vamos a parar cuando dormimos.
Dámaris nos contó muchas otras necedades de ese calibre, como la existencia, en su centro, de la ciudad de los ancestros, Vatiri. Allí es donde nació la humanidad para los varayos. El Dios de las Profundidades de la Tierra, al que no ponen nombre, creó a la primera pareja de seres humanos allí, mezclando despojos de bestias con su propio esperma. Durante generaciones los varayos vivieron en Vatiri, protegiendo la entrada del Reino Subterráneo, hasta que fueron expulsados por los “Hombres Pardos”, los pacurrunacuna o los “Pacos”, como prefiero llamarlos yo. La de los Pacos es una tribu de guerreros poderosos que aún hoy siguen habitando la ciudad legendaria. Los varayos los temen y a la vez los respetan. Los consideran Señores del Bosque y les rinden vasallaje a cambio de su protección. Todos las tardes, antes de la puesta del sol, un grupo escogido de entre las hembras varayas se acercan a la linde del Bosque de Gas, sin atreverse a traspasarla, y dejan como ofrenda una parte de su cosecha y de la caza del día. Sólo la Yacumama está autorizada a cruzar los límites de la zona prohibida y reunirse con esos hombres en Vatiri. Y sólo cuando es convocada por ellos.
Si los Pacos existen, cosa que pongo en duda, debe de tratarse de una de las comunidades de jívaros que habitan estas tierras (en el manual de Farkas alguna vez se refiere a esta etnia con un nombre similar). Eso no sería una buena noticia en absoluto. Los jívaros son conocidos por ser guerreros belicosos y sanguinarios y por su odio visceral al hombre blanco. Numerosos misioneros y exploradores europeos han caído víctimas del curare con el que impregnan sus dardos y sus cabezas, reducidas a un tamaño diminuto por recetas que sólo ellos conocen, acabaron decorando los bastones de sus jefes. Si verdaderamente frecuentan la aldea nosotros corremos serio peligro. Dudo mucho que los varayos se arriesguen a enemistarse con los Pacos por unos extraños. Razón de más para ganarse sus corazones.
Cuando Dámaris nos habló de su existencia yo mostré mi preocupación con argumentos como el que te acabo de dar. No así el hermano Franz. Por contra él parecía entusiasmado con estas historias. Sospecho que sabe algo que nosotros ignoramos. Le preguntaré cuando termine de escribir, sin rodeos.
El sol comienza a esconderse tras las copas de los árboles más altos. Vuelve la oscuridad. Ese es el estado natural de estas tierras, no sólo metafórico. Nos mienten las estampas de los libros ilustrados, con esas imágenes luminosas de la selva. Aquí la noche es mucho más larga que el día y aún entonces el poco cielo que se vislumbra en los claros del bosque está siempre encapotado con las densas nubes de esa tormenta que no acaba de llegar. Para no permitiré que mi espíritu se contagie de las sombras. Tengo una meta, que es la más importante del mundo. Tengo almas que salvar y un amor que reconquistar. Si un hombre se mide por la altura de sus objetivos, hoy yo soy un gigante.
Ángel
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