Bosque de Gas 3

26 de enero de 1978
Poblado Norte Varayo
Mi siempre amada Dolores.

Alfréd Farkas dedica apenas dos páginas de su extensa obra “Costumbres de los Pueblos Quechuas de la Amazonía” a la tribu de los varayos. Por sus numerosas imprecisiones ahora sé que no estuvo aquí, que no hizo trabajo de campo. Según la biografía de la solapa el antropólogo convivió varios años, entre finales del siglo pasado y principios de este, con distintas tribus del Amazonas peruano. Eso explica su parquedad. Si hubiera conocido en persona a los varayos no le habría bastado con un capítulo. Tendría que haberles dedicado un libro entero de tan extravagantes que son.

Por el libro ya conocía algunos de los aspectos que los hacen especiales. La de los varayos es la etnia quechua que se encuentra más al sur del territorio ecuatoriano. Muy alejada de sus parientes del norte vive aislada, sin contacto con otros grupos aborígenes. Además las otras tribus que los rodean les son hostiles. Se trata de los fieros jívaros, los guerreros reductores de cabezas, que frecuentemente hostigan su poblado. La mera supervivencia de los varayos es un milagro, ya que además no se trata de una tribu nómada. No al menos como entendemos el nomadismo. Los varayos se asientan en sus tierras ancestrales, donde practican la agricultura y una ganadería de subsistencia. Lo que los hace tan especiales es que hay tres aldeas varayas, equidistantes un día y medio entre ellas, que forman un triángulo equilátero. No funcionan como tres pueblos autónomos sino como uno sólo. Sólo hay un jefe, sólo un chamán, que suele coincidir en la misma persona. Sólo una nación varaya. Sólo un pueblo. Como no entienden más posesiones que las grupales los miembros de la comunidad viven indistintamente en uno u otro pueblo, según la abundancia de la caza, la fertilidad de sus cultivos de yuca y chonta y su propio capricho.

No se trata de un pueblo guerrero. Hasta la fecha no se conocen ataques de los varayos a las comunidades religiosas establecidas en los alrededores, capuchinos y jesuitas sobre todo, aunque quizás estos últimos se habrían merecido un toque de atención. Jesús, perdóname y aleja de mí los malos deseos, pero es que no soporto a estos cuervos de mal agüero que con sus prácticas han contaminado Tu Nombre.

Todo esto ya lo sabía por el libro de Farkas, pero la realidad me ha deparado grandes sorpresas. La mayor es que la sociedad varaya es matriarcal. No seré yo quien ponga en duda las capacidades femeninas en nuestros tiempos, bien lo sabes, pero no deja de maravillarme que sean las mujeres las encargadas de organizar la vida en una comunidad que se encuentra en su Edad de Piedra.

En la cúspide de las hembras varayas se encuentra ella, la Yacumama, la Madre del Agua. No tengo claro si ese es su nombre real o es más bien un título heredado, como el de Medardo Tituaña, el tío de Dámaris, en la comunidad Rumiñahui, del que te hablé en una carta anterior.

La Yacumama ordena y todos los demás obedecen sin rechistar. Como muestra de sumisión los adultos de la aldea tienen toscamente tatuado el ojo de una serpiente detrás de cada una de sus orejas. Esto es así porque yacumama es también el nombre que dan los indios a la anaconda, la mayor de las boas, con un tamaño que puede superar los diez metros de largo. Con esta pintura se recuerdan que “ella” todo lo ve, que sus ojos están en todos sus “hijos” y lo que uno sabe ella también lo sabe.

Retrato fotográfico antiguo de la Yacumama, líder matriarcal varaya.

La Yacumama no tiene tatuajes. Ella no le debe sumisión a nadie. Es la mujer más anciana de la tribu. Aunque no es sencillo calcular la edad de los indios porque los jóvenes parecen más viejos y los viejos carecen de arrugas o canas, no creo que tenga más de sesenta años. Es muy gorda, obesa. Los enormes pechos, que parecen tinajas, se apoyan sobre una barriga redonda y tersa, como la piel de un tambor. Porque has de saber que estos indios van siempre desnudos con la excepción de un cordelillo alrededor de la cintura en el que amarran sus penes los hombres y que no tiene una función más que cosmética en las mujeres. No vayas a creer, amor mío, que esta visión despertó mi lascivia lo más mínimo. Al revés. Al principio me provocó espanto e hizo que desviara mi mirada todo el rato. Pero ya me he acostumbrado y los veo como animales, que van naturalmente desnudos y a los que más bien las vestimentas quedarían ridículas. Al no conocer el pecado no tienen vergergüenzas que tapar. Como ves, tenemos mucho trabajo que hacer aquí. El primero, rescatar su humanidad.

Volviendo al primer día, he de decir que el comité de bienvenida no era tal. Tras la jefa de la aldea formación una veintena de varayos, en su mayoría mujeres, armadas con lanzas que las superaban en altura. No nos amenazaban con ellas pero estaba claro que nos cerraban el paso. La Yacumama habló y, aunque no entendí sus palabras, no pude percibir hospitalidad en el tono de su voz. De manera instintiva me giré hacia nuestro grupo y busqué a Daniel y a Emilio, nuestros guías. Los había considerado nuestro salvoconducto para integrarnos en la comunidad, pero ya no estaban. Entonces entendí su falta de entusiasmo. Los varayos los considerarían traidores por abandonar la tribu y adoptar las costumbres del hombre blanco, que arrebataba sus tierras y amenazaba su forma de vida. Cumplieron llevándonos hasta las proximidades de la aldea pero tan pronto como escucharon el canto de las arpías se escabulleron y dieron la vuelta. Sin el lastre de la carga y de tener que aguantar nuestro paso, es muy probable que ambos se encuentren ya en Aldeaquemada.

A pesar del nuevo contratiempo pudimos franquear el paso hasta el pueblo. Para conseguirlo Dámaris se reveló como una valiosa intérprete. Escuchó con una atención nada fingida a la Yacumama. Luego habló ella y los gestos de los indios se dulcificaron. Más tarde nos contó cuáles eran sus reservas. Al parecer nosotros no habíamos sido los únicos extranjeros en venir a visitarlos en los últimos tiempos. Desde hace unos años toda la selva del Ecuador, olvidada y abandonada desde hacía siglos, se había visto sacudida por la fiebre del petróleo. Grandes compañías de todo el mundo habían encontrado el país en sus mapas y se estaban afilando los dientes. Hace unos meses un grupo de geólogos enviados por una petrolera norteamericana se instalaron en la comunidad varaya. Hicieron muchos regalos y prometieron más en el futuro, pero los indios no se dejaron engañar. En cuanto descubrieron sus intenciones, que no eran otras que arrebatar sus tierras mediante la firma de deshonrosos contratos, fueron expulsados. Por supuesto al vernos llegar pensaron que nosotros también teníamos el mismo objetivo, pero Dámaris les explicó que estábamos siendo enviados por el Señor y eso hizo cambiar su actitud. Tanta es el hambre de Jesús que tienen aquí.

Fragmento ilegible. Las últimas doce líneas de la hoja aparecen emborronadas por una mancha que parece de sangre. La carta continúa al dar la vuelta al folio.

pero el hermano Franz consideró, con buen tino, que no era necesario. Dado que son los propios varayos quienes se instalan en uno u otro poblado por pequeñas porciones de tiempo no tendríamos que movernos nosotros. Levantaremos el templo aquí, en la aldea norte, y serían los indios quienes difundieran la Palabra en los otros asentamientos. Así no corremos el riesgo de extraviarnos en la jungla o dar, por equivocación, con lo que ellos llaman el Bosque de Viento, una zona prohibida de la selva…

La mancha de la otra cara traspasa el papel y difumina las últimas líneas. No se distingue la despedida ni la firma.

Tu afectuosísimo y devoto esposo que encomienda tu alma al Altísimo...
Ángel, misionero en Cristo.

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