Bosque de Gas 2

25 de enero de 1978
Poblado Norte Varayo
Mi siempre amada Dolores.

Las cosas no han salido como lo esperaba. No te alarmes. Sabíamos que habría contratiempos pero, bien visto, es posible que alguno de ellos nos beneficie en realidad.

Comenzaré con lo más importante. El domingo pasado llegamos al fin a la aldea de los varayos. A una de ellas, luego te cuento. Por eso mi año de Apostolado terminará el veintidós de enero de 1979, si Dios quiere. Y aunque son muchos los planes que tenemos para incorporar todas estas almas perdidas al Rebaño del Señor y mi ilusión sigue intacta me consume la nostalgia de nuestra casa. Te echo mucho de menos, cada vez más. No debo pensar en ello. Aquí hay mucho trabajo por hacer, más del que creía.

Te escribo estas líneas desde la Casa de las Serpientes. Así llaman los varayos a la gran choza comunal donde todos duermen, también nosotros. La llaman así porque son idólatras y adoran a las serpientes, aunque para tu tranquilidad te diré que por esta zona no parece que abunde tan abominable bestia.

Según nuestros planes originales ya deberíamos llevar un par de semanas entre esta gente. La iglesia ya debería haber empezado a construirse y la Palabra de Cristo ya debería estar resonando en los corazones de los varayos. Si no es así es por culpa de Clifford.

El día 13 por la tarde llegaron a Aldeaquemada las barcazas con los materiales que nos enviaba el hermano MacDonald: comida enlatada, herramientas, Libros Sagrados, medicinas,... Con eso ya estábamos listos para partir. Sólo que también llegó un telegrama destinado al americano cuya lectura le hizo palidecer.

Que se tenía que marchar. Que era urgente, que no sabía cuándo podría regresar. Que nos deseaba mucha suerte. Y, sin más explicaciones, nuestro guía, nuestro intérprete entre los indios, nos dejó en la estacada.

Por primera vez desde que nos hemos conocido, el hermano Franz y yo discutimos sobre nuestro siguiente paso. Franz era partidario de esperar a Clifford en Aldeaquemada el tiempo que fuera necesario hasta su vuelta. Yo, que no tengo tan claro que vaya a volver y teniendo en cuenta que la espera no es más que tiempo perdido (no quiero estar alejado de ti ni un segundo más del necesario), dije que prefería hablar en persona con el hermano MacDonald para que nos encargara una nueva misión, en los barrios pobres de Quito, por ejemplo.

No fue fácil. Tardamos unos días en tomar una decisión, que finalmente no fue ni la suya ni la mía.

Don Federico, el patrón de Aldeaquemada, que empezaba a estar hasta las narices de nuestra presencia allí, nos hizo la sugerencia. Entre los trabajadores de sus tierras algunos eran de orígen varayo y conocían la ubicación de la aldea. Podrían servirnos de guía.

Franz no quedó convencido del todo pero para mi la idea era perfecta por varias razones. Mi año de Apostolado no se demoraría más. Además no tendría que pasar más tiempo en Aldeaquemada. La hostilidad de don Federico hacia mi persona era cada vez más evidente, aunque no recuerdo haber hecho nada para provocarla. Y no era así con Franz, a quien habitualmente llamaba para pasear a caballo por sus cafetales. Pero a mi, su paisano, no me podía ni ver.

Por último, tenemos el asunto del idioma. La de los varayos es una de las tribus quechuas de la Amazonía. Esto quiere decir que no hablan lenguas propias de la selva, como los jívaros o los guaranís, sino la de los incas del altiplano. El antropólogo húngaro Alfréd Farkas en su obra “Costumbres de los pueblos Quechuas de la Amazonía”, libro que, junto a las Sagradas Escrituras, me acompaña en la expedición, tiene una teoría interesante sobre el origen de estas tribus. Mientras que otros estudiosos defienden que estas tribus selváticas hablan quechua porque mantenían relaciones comerciales y de vasallaje con el emperador de Cuzco, Farkas sostiene que no es así, que los quechuas del Amazonas provienen de importantes familias serranas que escaparon de las grandes ciudades del incario al enemistarse con el rey, para fundar comunidades libres entre la espesura de la jungla. Las razones con las que avala su tesis me parecen muy endebles, pero la idea de hombres que rechazan el progreso para regresar a un estado de vida natural me parece encantadora.

Perdóname, Dolores. Me vuelvo a dispersar. Lo que quería decirte es que no echaremos de menos al viejo para entendernos con los varayos. Dámaris será nuestro enlace con ellos y cumplirá su cometido mil veces mejor que Clifford. Aunque el dialecto no sea exactamente el mismo que el que ella habla se entenderá mejor que un gringo que tampoco domina mucho el español. Además la niña pertenece desde que nació a la Iglesia de la Salvación de Cristo Coronado por lo que en sus palabras y en su ejemplo tendremos serias ventajas para acercar a estos hombres al Camino Verdadero. Como verás, Jesús sigue de nuestra parte, Alabado sea su Dulce Nombre.

Decididos entonces a continuar la aventura, don Federico puso a nuestra disposición a Daniel y Emilio, dos indios varayos que serían nuestros guías, además de otra veintena de sus trabajadores, indios, morenos y mestizos, para cargar los cajones que recibimos de la capital. Antes nos obligó a prometerle que a estos no intentaríamos convertirlos a nuestra fe, pues ya eran buenos católicos. Con pesar accedí. Aunque no me parece justo negociar con las almas y el compromiso con el patrón nos impediría salvarlos, el fin de nuestra Misión acabaría por compensar. Sólo espero que no me lo tengan en cuenta el día de mañana, cuando Cristo reclame su Trono y ellos no se cuenten entre los Elegidos.

Si albergaba alguna esperanza de que Emilio y Daniel nos pudieran ayudar a integrarnos en la comunidad ésta pronto quedó disipada. Tras una semana de viaje en su compañía no obtuve siquiera la certeza de que ambos comprendan el castellano. Cada vez que acampábamos en un claro del bosque yo me acercaba hasta alguno de ellos haciendo preguntas sobre las costumbres de su pueblo. Nunca me dieron una respuesta. Siempre lacónicos, tampoco parecían felices ante la perspectiva del reencuentro con antiguos amigos y familiares. Sólo hacían la tarea que se les había encomendado, nada más.

Fotografía del poblado norte de los varayos en medio de la selva amazónica, sujeta a la carta con un trozo de cinta adhesiva.

En la mañana del séptimo día de viaje, atravesando caminos inescrutables entre la espesura y vadeando riachuelos de corriente brava, por fín llegamos a la aldea de los varayos. Su proximidad fue anunciada por los gritos de las águilas arpías, animales estos que desde tiempos inmemoriales mantienen una relación beneficiosa con los indios amazónicos, según me cuenta Franz. Estos las alimentan con los despojos de sus cacerías y las águilas avisan con su canto cuando se acercan intrusos. Eso me hizo ver que bajo el caos aparente de la selva prevalece un cierto orden que funciona sutilmente, como la maquinaria de un reloj. Con cada ejemplo que me da la naturaleza quedo más maravillado por la sutileza de la Obra de Dios.

Agotados, sucios y hasta febriles, debimos ofrecer una triste imagen ante la Yacumama, que salió a recibirnos con algunas de sus hijas. Pero la luz se está agotando y debo detenerme por hoy. En la selva las tinieblas tienen su reino y no es largo el tiempo en el que disponemos de claridad. Te contaré quién es la Yacumama y las costumbres que más me han llamado la atención en estos pocos días que llevo conviviendo con los varayos.

Dulces sueños, mi amor.

Tuyo, siempre.
Ángel
Posdata: Con la precipitación del viaje se me olvidó dejarle a don Federico la carta anterior. Hoy mismo la encontré, guardada entre mis libros. Ya ves, sigo siendo tan despistado como siempre. Supongo que la recibirás junto a todas las que escriba en la aldea.

Este relato completo y muchos más se pueden leer en
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