Bosque de Gas 1
Hacienda Aldeaquemada
Esta es la primera mañana de Navidad que vivo después de mi Renacimiento como Hombre Nuevo.
Al gozo que siento por estar en comunión con Jesús, mi Amigo y Salvador, se enfrenta el pesar porque no estás a mi lado. Al menos en cuerpo terrenal, que ya sabes que tu espíritu siempre me acompaña.
Cierro los ojos y te siento. A menudo lo hago, te confieso, y tu presencia me reconforta. No te lo vas a creer pero incluso añoro el frío de Madrid en invierno. ¿Ha nevado ya este año? Qué digo. Aún es pronto.
Donde estoy no nieva nunca. Y sería una estampa muy cómica contemplar los viejos árboles de la selva teñidos de blanco. Pero no será. Aquí hace mucho calor. Tengo ahora mismo la camisa empapada, pegada al pellejo, y no sé si es por el sudor o por la humedad del aire. No creo que te gustara esto.
Han pasado muchas cosas desde la última carta que te escribí. Por fin, con dos días de retraso, se encontró con nosotros el americano en la ciudad de Baños de Agua Santa. ¡Y yo me quejaba de la informalidad de los locales! Por supuesto nos dio mil excusas, pero no me pareció realmente arrepentido. Más bien parecía divertido por tenernos esperando en aquella pensión mugrienta, medio excavada en la ladera del volcán. De esto no me quejo, aunque lo pueda parecer. Sabe Dios que dormiría en sitios mucho peores por cantar Sus Alabanzas. Y lo haré dentro de no mucho, si esa es Su Voluntad.
Deja que te hable ahora de él, que ya conoces a los otros miembros del Apostolado. Se llama Clifford pero espera que le llamemos Cliff o bien por un apodo denigrante con el que se refieren a él sus amigos y que le hace particular gracia. Creo que su español es demasiado malo como para entender que se están burlando.
Yo le llamo Clifford.
No sabría calcular su edad y él miente cuando se le pregunta, pero debe rondar los setenta. No te hagas una imagen equivocada. Para nada se trata de un ancianito achacoso. Yo lo veo más bien como un viejo vaquero de las películas del oeste, un John Wayne que ha sobrevivido a muchos duelos al atardecer al que le quedan fuerzas suficientes como para enfrentarse a un ejército de indios furiosos. Sólo que ahora los indios son los buenos. Espero que no estén muy furiosos.
En todo el camino desde Baños hasta Cumandá no le vi desfallecer una sóla vez. Debo confesar que era yo, en realidad, quien pedía los descansos, no tan a menudo como hubiera necesitado por pudor. Supongo que de toda la comitiva mis piernas son las que menos costumbre tienen de caminar lejos del asfalto.
¿Qué más te puedo decir del viejo? Mucho, en realidad, y poco bueno. Es todo un personaje en estas latitudes. Conoce cada pueblo, cada granja y cada sitio de hospedaje en el país. Los lugareños le conocen a él también y le tratan con una familiaridad inaudita para con un extranjero. No sé a qué se dedica, pues siempre cuenta historias diferentes, a cada cual más alocada, pero tengo alguna idea al respecto y me repugna.
Además de mentiroso y facundo, es sucio, impertinente, rijoso y desvergonzado. A la niña Dámaris la tiene harta con sus requiebros de mal gusto. Aunque presume de buen cristiano y de que su padre era Pastor, de los que reunían multitudes sólo para escucharle ven su Mississippi natal, no veo en él las virtudes que se esperan de un hombre de Dios. Ruego al Señor que tenga misericordia de él. Porque no dudo que sus capacidades nos puedan ser útiles en nuestra misión entre los varayos. Tiene lo que llaman don de gentes y sabe cautivar a los intelectos más básicos. Servirá para abrirnos camino.
A pesar de esto último Clifford ha hecho buenas migas con el hermano Franz, al que tengo por hombre inteligente. Rie sus chistes, celebra sus ocurrencias y le anima a contar sus majaderías. Es cosa bien curiosa escuchar a un alemán (perdón, austríaco) y a un americano intercambiando chascarrillos en el pésimo castellano de ambos.
Sobre el trayecto que nos ha llevado hasta aquí te diré que ha sido infernal. La primera parte del mismo, hasta la aldea de Cumandá, fue a pie. Por el precio que pagaba Clifford sólo pudo conseguirnos una mula casi tan vieja como él. Cargamos sobre el animal todos nuestros bártulos y de ella fuimos tirando por un camino de barro interminable. La segunda etapa se antojaba más plácida, pues la haríamos a bordo de un barco, descendiendo las aguas del río Illusín. ¡Qué equivocado estaba!
El barco no era tal sino un puñado de tablones encajados con pereza. El fondo se nos inundaba todo el rato por rendijas que no querían quedarse tapadas y a cada golpe de la corriente parecía que se iba a desarmar. Súmale a eso mis mareos, las picaduras de los tábanos, los ruidos inefables de la selva por la noche… Podría seguir pero tengo claro que todo esto no son más que pruebas que me pone el Señor para demostrar la fortaleza de mi fe, y eso hace que mi determinación permanezca firme. El Amor de Jesús todo lo puede.
Por fín, al amanecer del tercer día de navegación, llegamos al embarcadero del que salen las mercancías que exporta esta explotación en medio del Amazonas. Habíamos llegado al rancho Aldeaquemada.
Para mi sorpresa vino a recibirnos el dueño, don Federico, un vasco que había hecho una modesta fortuna cultivando cacao, alcanfor y el café más aromático de todo el continente, según su propia expresión. Tenía esperanzas puestas en esta reunión. El encuentro con otro español en tierra extraña tenía que ser grato. Sin embargo no he tenido mucho éxito hasta este momento. Don Federico cumple la imagen que tenemos de los vizcaínos. Un hombre rudo, parco en palabras y desconfiado. Es muy católico, como pude comprobar por la decoración de la casa grande de la hacienda. Hay muchas figuras de santos, de madera y escayola, algunos de tamaño natural. El comedor lo preside un lienzo enorme de la Vírgen de la Nube y en mi habitación, sobre el cabecero de mi cama, un retrato con marco dorado de un San Antonio de Padua que parece excepcionalmente enfadado vigila mis sueños. El patrón sabe que pertenecemos a la fe evangélica, lo que no nos ayuda a ganarnos sus simpatías. Más bien alguna burla, pues se refiere a mi como “el hermanito”, aún estando yo delante.
Pero no tengo mayor queja. Nos ha brindado su hospitalidad durante todo el tiempo que necesitemos. Incluso nos sentamos a su mesa en la cena de Navidad, en la que comimos un asado delicioso. El americano dijo, en broma, que era carne de mico, cosa que don Federico no negó. Aunque lo fuera y quizás por el hambre que hubimos pasado en las últimas jornadas, me pareció el plato más rico que había probado en toda mi vida. Después de los tuyos, claro, mi amor.
Poco más me queda que contarte. Estamos esperando a que llegue a la hacienda el material que nos envía el hermano MacDonald desde Quito. Según Franz lo recibiremos en menos de una semana. Luego afrontaremos el tramo final de nuestro viaje, el más duro con seguridad, cruzando la jungla hasta llegar a la aldea de los varayos.
Es muy probable que esta sea la última carta que recibas en un tiempoo. Se la dejaré a don Federico para que la entregue en el correo cuando tenga la ocasión. Te seguiré escribiendo desde la Misión, al menos una vez por semana, pero estando tan lejos de la civilización tendré que mandártelas, todas juntas, más tarde. Si durante el año que viviremos con los salvajes viene a vernos el capataz de Aldeaquemada para comprobar nuestro estado, como ha prometido, le haré entrega de las que tenga acumuladas hasta entonces. En cualquier caso, me despido con el corazón inflamado por el amor de Cristo y mi amor hacia ti y con el espíritu ansioso por las aventuras que vamos a vivir.
Ángel
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