Amanecer en el Tallo de una Caléndula

Amanecer en el Tallo de una Caléndula: anatomía de una fiebre espiritual

Portada color azafrán del libro Amanecer en el Tallo de una Caléndula de Numen Hogan.

La historia de la literatura está plagada de ironías formidables, pero pocas resultan tan didácticas como comprobar que el mejor agente de ventas que puede tener un libro es, sin lugar a dudas, un censor indignado. En julio de 1976, la modesta editorial Santa Marcela, especializada en textos religiosos y devocionarios de escaso recorrido, sacó a la luz una obra que estaba predestinada a criar polvo y morir de inanición. Su título era, cuando menos, estrambótico: Amanecer en el Tallo de una Caléndula. Firmado por un absoluto desconocido llamado Numen Hogan, el volumen apenas alcanzaba las ciento cuarenta páginas, engordadas artificialmente con unas toscas ilustraciones de trazo casi infantil que cerraban cada capítulo.

Como era de esperar, durante los dos primeros meses tras su publicación, el libro pasó sin pena ni gloria. Las copias de aquella primera tirada se agostaban en la penumbra de las bodegas literarias, ignoradas tanto por la crítica como por el público. Sin embargo, a finales de ese verano, el destino quiso que un joven seminarista estuviera catalogando adquisiciones en la Biblioteca Brigantina, asociada a la Universidad Católica de Azuay. Entre montañas de catecismos, encíclicas papales y vidas ejemplares de santos mártires, aquel librito de inconfundible cubierta color azafrán debió parecerle una excentricidad irresistible. Lo leyó. Y lo que es más importante: habló de él con las personas equivocadas.

Menos de una semana después de aquel hallazgo, el diario La Hora publicaba en sus páginas una encendida carta del arzobispo de Cuenca. En su misiva, el prelado repudiaba enérgicamente la obra, calificándola de perniciosa y aprovechando el impulso para condenar a todo el floreciente movimiento New Age, al que tachó, en un alarde de paranoia muy propia de la época, de ser pura propaganda soviética camuflada de espiritualidad. El efecto fue inmediato y demoledor. La condena eclesiástica actuó como gasolina sobre las ascuas de la curiosidad popular. La primera edición se evaporó de las librerías a las pocas horas de que el periódico saliera a la calle. A esa tirada le siguió una segunda, una tercera, una cuarta… y, en cuestión de meses, traducciones al inglés, al portugués y al alemán.

***

Hoy en día, conseguir un ejemplar original de Caléndula —como fue bautizado popularmente— es una odisea casi imposible. Tras la desaparición de Megadonia, la inmensa mayoría de aquellos libros fueron devorados por las entrañas de la tierra y las implacables lombrices xilófagas. Lo que sobrevive en el extranjero son copias baratas, ediciones piratas mal encuadernadas que solo atraen a coleccionistas obsesivos y estudiosos del fenómeno post-new age. Yo confieso haberlo leído en su momento, movido por esa curiosidad malsana que nos empuja a investigar los fenómenos de masas. Con la perspectiva que otorga el tiempo, puedo intentar un resumen, acaso bastardo e injusto, de lo que contenían aquellas páginas.

La novela (o tratado, según a quién se le pregunte) está narrada en primera persona por Diego Corona, un huérfano de la capital que sobrevive ejerciendo de limpiabotas y, cuando la ocasión lo requiere, de ágil carterista en los andenes de la estación de Chimbacalle. La trama arranca cuando Diego, tras ser sorprendido con la mano hundida en el bolsillo de un incauto turista venezolano, da con sus huesos en los húmedos y malolientes calabozos del retén de San Blas. Es en ese encierro donde se produce el encuentro que cambiará su vida: allí conoce al mítico don Hogan.

El personaje de don Hogan es, con diferencia, el mayor logro literario de la obra. Se nos presenta como un anciano, el último sobreviviente de un poblado sin nombre de la Amazonía, emparentado en la distancia con la tribu de los varayos. Su historia es un reflejo de la brutalidad de la época: tras el exterminio de su gente a manos de las compañías petroleras —que necesitaban perforar las tierras ancestrales sin el "molesto" obstáculo de los indígenas—, el viejo chamán se vio obligado a emigrar a la ciudad de asfalto y ruido.

La picaresca de don Hogan en la ciudad es tan cínica como brillante. Al principio, intentó monetizar sus dones místicos instalándose en la Plaza de San Francisco, ofreciendo a los transeúntes revelarles la fecha exacta de su muerte por la módica suma de cincuenta centavos. Al comprobar que el ser humano prefiere la ignorancia a la certeza de su propio fin, don Hogan invirtió la estrategia: comenzó a acechar a los viandantes en los soportales y, tras arrinconarlos, les exigía un sucre entero a cambio de no decirles cuándo iban a fallecer. La extorsión metafísica resultó ser un negocio inmensamente lucrativo, hasta que las quejas ciudadanas obligaron a los guardias a arrestarlo bajo cargos de mendicidad agresiva.

El grueso del libro se desarrolla entre los barrotes de San Blas. En ese confinamiento forzado, despojados de cualquier artificio social, las conversaciones fluyen hacia territorios insospechados. Diego, que hasta entonces solo concebía el mundo en términos de supervivencia inmediata y monedas robadas, se ve expuesto a una cosmología donde el tiempo no es lineal y la muerte no es un castigo, sino una simple transición de la materia. Don Hogan, con una paciencia que roza lo estoico, le desgrana los secretos de una selva que ya no existe, utilizando metáforas que mezclan el animismo varayo con pinceladas de filosofía oriental. Es allí donde el ratero callejero y el chamán extorsionador tejen una relación que evoluciona desde la más absoluta desconfianza hasta una profunda complicidad. Las transcripciones de sus diálogos enjaulados tocan temas de profundo calado: la moralidad de la supervivencia, la ilusión del ego y la verdadera naturaleza de la espiritualidad frente al dogma. Diego Corona experimenta un paulatino despertar de la conciencia, un viaje iniciático sin salir de una celda de dos por dos metros. Hacia el clímax del relato, cuando ambos logran orquestar una improbable fuga, Diego ya no es el mismo. Se ha convertido en el acólito definitivo, adoptando el nombre de Numen Hogan en honor a su maestro.

***

No es difícil entender por qué, a finales de 1976, Caléndula se convirtió en una fiebre incontrolable en toda Megadonia. En una sociedad hambrienta de significado y hastiada de la rigidez institucional, la idea de que la verdadera iluminación podía encontrarse en los calabozos de San Blas, de la mano de un indígena marginado, resultaba tremendamente seductora. En las tertulias se desgranaban las sentencias de don Hogan con devoción reverencial, se fundaron escuelas mistéricas y legiones de lectores se lanzaron a las calles con el propósito mesiánico de encontrar al escurridizo autor o a su sabio maestro.

Y entonces, justo un año después, cuando la decimoquinta edición volaba de los estantes, estalló la bomba.

La revista Monarca, respaldada por el implacable Círculo Escéptico de Guayaquil, publicó una extensa investigación que desmoronó el mito. Diego Corona jamás había existido. El hombre detrás del seudónimo Numen Hogan no era un huérfano de Chimbacalle, sino Nayim Dumani, un viejo conocido de la alta burguesía costeña, primogénito mimado de Héctor Dumani, un acaudalado armador de origen libanés. Nayim, aburrido en su torre de marfil, había escrito la novela como un mero entretenimiento, pagando de su propio bolsillo a la editorial Santa Marcela para verla impresa. Peor aún: el reverenciado don Hogan era un pastiche literario, un Frankenstein narrativo construido a partir de anécdotas robadas a los peones, indios y mestizos que trabajaban en las vastas haciendas de su familia.

En cualquier universo lógico, este fraude monumental habría sepultado la carrera literaria del farsante. Pero la psicología humana, especialmente cuando se trata de fe, opera bajo sus propias reglas. Ante el abismo de la decepción, Nayim Dumani hizo lo impensable: doblar la apuesta.

Aprovechando la inercia del escándalo, Dumani publicó rápidamente su segundo libro, Sonata de Címbalos, esta vez amparado por el prestigio de la editorial Ágora Mar. En sus páginas, admitía su verdadera identidad burguesa, pero negaba con una soberbia fascinante que Caléndula fuera una farsa. Su argumento era tan audaz como conveniente: el primer libro era, en realidad, un texto hermético. La historia del limpiabotas y el calabozo era una alegoría, un conjunto de símbolos velados que solo los verdaderos "iniciados" eran capaces de decodificar. Además, sostenía que el espíritu de don Hogan era real, aunque hubiera tenido que disfrazar su identidad terrenal para protegerlo de la incomprensión del mundo moderno.

Como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia de las religiones y las sectas, la disonancia cognitiva hizo su magia. La revelación del engaño ahuyentó a los curiosos, sí, pero los que decidieron quedarse se atrincheraron en sus creencias, volviéndose aún más fanáticos y leales. Nayim Dumani culminó su obra maestra transformando legalmente su nombre a Numen Hogan, publicando cuatro libros más y reconvirtiendo una espectacular hacienda familiar cerca de Posorja en el flamante —y sumamente exclusivo— Centro de Estudios Espirituales y Cabalísticos don Hogan.

Hoy, al recordar Amanecer en el Tallo de una Caléndula, me pregunto si importa realmente que fuera un fraude. Quizás el mayor truco de magia de Nayim Dumani no fue engañar a un país entero, sino demostrar que, si el relato está bien construido, la gente siempre preferirá una hermosa mentira a una verdad decepcionante. Y en eso, paradójicamente, reside la verdadera literatura.

Comentarios

Entradas populares